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El origen de una saga

13 octubre, 2014

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El cómic es un medio relativamente nuevo, aún en evolución, lo que hace que las grandes obras del medio lo sean, entre otras cosas, por traer una serie de innovaciones (a nivel narrativo o argumental) que otros se apresuran a imitar hasta convertirlas en tendencia. En lo que llevamos de siglo, sin embargo, comienzan a aparecer una serie de autores que no buscan romper con lo precedente (más bien al contrario, tienen una serie de referencias claras sobre las que les gusta trabajar, e incluso homenajear), pero cuya falta de transgresión no impide que sus obras rayen a un nivel verdaderamente elevado. Y si Sostiene Pereira, la novela que Antonio Tabucchi publicara en 1994, se considera uno de los máximos exponentes de la novela moderna europea precisamente por condensar con maestría las técnicas narrativas precedentes, este Saga, de Brian K. Vaughan y Fiona Staples, puede ser uno de los mejores ejemplos de lo que es el gran cómic moderno estadounidense.

Saga nos cuenta la historia de Alana y Marko, dos soldados de sendos ejércitos planetarios en guerra eterna, que se conocen como enemigos, pero entre los que acaba surgiendo un amor impío condenado por ambas razas. Los jóvenes prefieren convertirse en desertores a renunciar a sus sentimientos, y es durante su huida cuando engendran a Hazel, la hija de ambos al tiempo que narradora no-nata del relato. De este modo, Vaughan articula su historia como una road story que tiene un poco de comedia romántica, otro poco de drama bélico, y un mucho de space opera.

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Y es que resulta imposible que la sinopsis de Saga no nos suene a un refrito de referencias dispares que van desde Star Wars a Firefly, pasando por clásicos literarios como Romeo y Julieta o videojuegos como Mass Effect. Intertextualidad transgénero a mansalva que puede hacer sospechar al lector desconfiado de la calidad del producto. Pero entonces miras los galardones cosechados (nada menos que tres Eisner a “mejor serie continuada”, “mejor serie nueva” y “mejor escritor” en 2013, y un premio Hugo a la mejor historia gráfica ese mismo año) y te dices que algo debe tener. Y vaya si lo tiene. Desde luego, Saga no inventa nada nuevo, pero todo lo que hace lo hace endiabladamente bien.

Vaughan no se ve forzado por la exigencia de ser original y rompedor que algunos escritores se autoimponen; ni tampoco por la necesidad de encuadrarse en una moda (condición diametralmente opuesta que, habitualmente, viene de los editores). Se nota desde la primera página que Image Comics ha dado vía libre al autor para hacer lo que le dé la real gana, y Vaughan lo hace de manera gloriosa. No se limita a géneros, no se limita a convencionalismos, hay humor, hay gore, hay niñeras fantasmas grotescamente amputadas, hay sexo interracial (pero sexo de verdad, e interracial de verdad), hay una protagonista femenina que no para de decir tacos y a la que le encanta follar con su marido, y un protagonista masculino mucho más sensible, recatado y sensato que su esposa, hay relaciones familiares complicadas, villanos con el corazón roto a los que quieres que las cosas les salgan bien (pero no del todo, claro). Hay muchos elementos en Saga que no solemos ver juntos en una misma historia, pero que de algún modo encajan a la perfección en el universo que han creado los autores. Lo cierto es que la lectura de los tres primeros volúmenes publicados por Planeta resulta tan placentera que sólo lamento que no se trate de una novela gráfica autoconclusiva, porque sabes que nadie es capaz de mantener tal torrente creativo, tal estado de iluminación, en una serie regular.

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Abro el pertinente párrafo para hablar de la dibujante, Fiona Staples, a la que he tenido el placer de descubrir en este tebeo. He de decir que mi relación con su trabajo ha tenido sus altibajos a lo largo de los tres tomos: empecé embelesado por el mundo colorido desplegado por la artista canadiense, que crea un fascinante contraste con la explícita brutalidad y sexualidad de algunos pasajes de la historia. Luego comenzó a molestarme esa tendencia por no entintar los fondos que algunos autores norteamericanos han decidido adoptar (sospecho que más por su conveniencia a la hora de cumplir los plazos que por un resultado estético), y es que, como algunos han criticado, provoca una extraña disociación entre las figuras y el fondo. Pero a medida que van pasando los capítulos todo empieza a encajar, como una película rodada al transfoque, pues ciertamente no se puede decir que el mundo de Saga carezca de detalles o personalidad, mientras que sus personajes poseen una potencia expresiva fascinante. A lo que hay que sumar la excelente labor de la ilustradora a la hora de crear un imaginario interplanetario de lo más variopinto, tanto en lo referente a escenarios como a las razas y personajes que lo pueblan. El balance final es que Saga me resulta, junto con Sandman: Overture y Ojo de Halcón, uno de los cómic mejor dibujados de cuantos se están publicando actualmente.

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En definitiva, y por si no había quedado claro, con todo esto intento deciros que Saga es probablemente el mejor cómic que he leído este año, y sin duda alguna, una de las colecciones de referencia del mercado norteamericano (algo a lo que Image nos está acostumbrando últimamente). Saga es una obra adulta, divertida, compleja pero, sobre todo, es honesta. Está claro que es un producto de entretenimiento (pocos cómics, novelas o películas no lo son), pero es uno que no está creado al servicio de la industria, sino al servicio de la satisfacción personal de su creador, que ha permitido volar su imaginación sin ninguna cortapisa. Se percibe a cada página que los autores están disfrutando con lo que hacen, y no existe mayor garantía de calidad que ésa. 9

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‘Los Guardianes de la Galaxia’: space opera a ritmo ochentero

17 agosto, 2014

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Marvel inaugura franquicia cinematográfica y vertiente narrativa con Los Guardianes de la Galaxia. Aquellos que estén familiarizados con la otra Marvel, la que hace cómics, sabrán que el universo de la editorial norteamericana tiene dos grandes vertientes o escenarios: el más mundano, cuyas historias se desarrollan fundamentalmente en Nueva York y en el que se mueven personajes como Spiderman, los X-Men, Daredevil y un largo etcétera; y la vertiente cósmica, que durante muchos años estuvo esencialmente ligada a los 4 Fantásticos pero que, con el paso de las décadas, se convirtió también en terreno habitual de otros personajes, como Los Vengadores o los propios X-Men. El tema de Asgard y la vertiente mística de la editorial mejor los dejamos para otro día.

El caso es que la mitología cósmica marvelita siempre fue profusa y dio lugar a varias buenas historias (por si alguien tiene interés, aquí la reseña de El Guantelete del Infinito, saga escrita por Jim Starlin que se prevé esencial para comprender lo que está por venir en la gran pantalla). No era cuestión de que ese filón siguiera sin explotar, y Los Guardianes de la Galaxia ha sido la franquicia elegida para adentrarnos en este nuevo escenario. La decisión ha sido bastante más astuta de lo que pudiera parecer.

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Ronan, el acusador. Primer kree en una peli de Marvel.

Para empezar, Los Guardianes son un grupo bastante menor en el imaginario de la Casa de las Ideas (publicado por primera vez en 1969, reimaginado en 2008 con la formación que aparece en el film), con muy pocas implicaciones respecto a lo que se ha visto de Marvel hasta ahora en el cine, de modo que el espectador medio puede asistir a la función sin tener la sensación de que está viendo la enésima película de superhéroes. Los guiños marvelitas están ahí para quien quiera/pueda pillarlos, pero son absolutamente prescindibles. Esto permite a la productora expandir su universo cinematográfico, hasta ahora constreñido por la figura del superhéroe, y adentrarse en el terreno de la aventura espacia.

Porque eso es Los Guardianes de la Galaxia, una space opera con poca ambición y mucho descaro. El director y coguionista, James Gunn, no se molesta en disimular los referentes: un mucho de Star Wars y Firefly, un poco de la nueva Star Trek, incluso una pizca de Mass Effect (con tanto romance interracial y planeta tipo La Ciudadela), todo ello sazonado con la nostalgia ochentera que parece cubrir Internet y encajado en el molde creado por la productora que requiere mucha acción y comedia. Incluso la trama, que gira en torno a la búsqueda “del Orbe”, repite la premisa de buenos-y-malos-buscan-objeto-todopoderoso repetida en varias pelis de la casa. El caso es que todo encaja y funciona de maravilla.

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Los Guardianes de la Galaxia no es ningún clásico, pero como película de verano funciona a la perfección. Es sumamente entretenida, espectacular como la que más, el guion tiene oficio y no insulta la inteligencia del espectador, incluso se permite darle a sus personajes una dimensión “humana” (nótese la ironía del término en este caso) de la que carecen la mayoría de los blockbusters. Quizás no sea tan carismática ni tan graciosa ni tan espectacular como Los Vengadores (para mí, sigue estando en la cima junto con Iron Man), pero es una más que digna representante de su casa. Habemus franquiciam, y yo que me alegro. Por cierto, al final de los créditos hay “huevo de pascua” (jojo). 7

Spaceman, postapocalípticos e integrados

20 enero, 2013

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Cuando uno le echa el guante a la nueva colaboración de Brian Azzarello y Eduardo Risso, dúo creativo de la muy celebrada 100 Balas, es inevitable que las expectativas coticen al alza, máxime cuando el último trabajo de Azzarello, la Wonder Woman del nuevo Universo DC, se ha destapado como una de las mejores series regulares que ahora mismo se están publicando en el mercado mainstream.

Y uno tiene la impresión de que el bueno de Azz ha intentado repetir la jugada con este miniserie de 9 números (convenientemente recopilada por ECC en un volumen en cartoné), ya que abandona el género hardboiled noir por el que es conocido y reconocido para adentrarse en un terreno con el que está menos familiarizado: el de la ciencia ficción. ¿Ha sido el resultado tan espectacular como Wonder Woman? Decididamente no.

Spaceman nos traslada a un futuro que oscila entre lo distópico y los post-apocalíptico, ya que la civilización parece dividida entre una sofisticada sociedad que vive en la riqueza y la abundancia, y un submundo de desfavorecidos que malviven en una suerte de vertedero de dimensiones continentales (y oceánicas). Esta división social es, al mismo tiempo, física, ya que una gran muralla separa ambos mundos impidiendo que los “descamisados” contaminen esa utopía de altas torres blancas y diseño “appleliano” (¿se me permite el deonomástico?). Pero la impermeabilidad no es total: los ciudadanos de uno y otro lado comparten un mismo interés por los reality shows emitidos a través de los medios de comunicación, que se convierten para aquellos que viven en la miseria en la única ventana a su alcance para asomarse a ese otro mundo feliz.

Este contexto futurista creado por los autores, que no es más que un reduccionismo de cómo funciona nuestro propio mundo (con un norte opulento y un sur pobre que sueña con la tierra prometida que vislumbran a través de la publicidad y los espectáculos globales como el fútbol), es la parte más inspirada de la historia. Sin embargo, cuando llega el momento de desarrollar un buen guion dentro de ese marco, el trabajo de Azzarello se resiente, no por la premisa, que parece interesante, sino por la manera en que se ha plasmado.

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El mejor ejemplo lo tenemos en su protagonista, que a priori resulta un personaje bastante llamativo y atípico, pero que (al menos al que esto suscribe) acaba por resultarle de los más inocuo: Orson, el “spaceman” del título, es el producto de un experimento desarrollado por la NASA para poder enviar hombres a Marte. Con una densidad ósea superior a la humana y una fortaleza física incrementada, este hombre de rasgos simiescos (como los primeros astronautas) arrastra una vida solitaria en el “lado malo” del mundo. Recolecta chatarra oceánica para ganarse la vida y su vida social se limita a una panda de golfillos callejeros (‘slum dogs’ futuristas) y a una relación esporádica con una ciberprostituta que desconoce que su cliente es una rareza diseñada mediante ingeniería genética. Con estos rasgos, uno podría pensar en un personaje complejo, nacido para grandes metas pero arrojado al fango como un Ícaro que voló demasiado alto, un ser frustrado que espera su oportunidad o, mejor aún, un sabio que ha aprendido a ser feliz con una vida sencilla pese a encerrar el potencial de un superhombre. Nada de eso, Orson es un personaje acomodado, un simplón al que le pasan cosas, pero que hace poco; y un protagonista sin iniciativa resulta un pecado del que es difícil redimirse.

La trama se pone en marcha cuando una muchacha, protagonista de un reality show de audiencia planetaria, es secuestrada y cae en manos de Orson por casualidades del destino. Éste se encuentra en la situación de tener que ponerla a salvo y devolvérsela a su televisiva familia, una guapa pareja de fuertes reminiscencias brangelínicas (segunda palabra inventada del día) que habita en un mundo de focos y decorados a lo Show de Truman. Azzarello salpica el desarrollo de la trama central con una serie de flashbacks en los que se nos muestra la expedición marciana de Orson, un desastre que llevó a la NASA a descartar su programa de astronautas alterados genéticamente.

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El caso es que Spaceman reúne unas cuantas buenas ideas, pero su lectura chirría y resulta poco satisfactoria, bordeando el abismos del aburrimiento en muchos momentos. Primero porque Azzarello falla a la hora de implicarnos con sus personajes y construir una trama que apasione: su guion se queda a medio camino entre la denuncia social y una historia de extraños fugitivos que, en muchos momentos, no sabemos por qué huyen. La sensación es algo difusa: como si las personas de esa sociedad futurista se movieran en una escala de valores diferente que nos impidiera comprender exactamente sus motivaciones (o quizás, simplemente, es que están mal explicadas). Por otra parte, durante toda la lectura uno tiene la impresión de que el mundo ideado por Azzarello y Risso está construido con retazos de cosas que ya hemos visto y leído antes, lo cual no tendría por qué ser malo si lograra cohesionar todos estos fragmentos y darles personalidad propia. El resultado, sin embargo, es más parecido a un monstruo de frankenstein disfuncional… o a un híbrido genético que no echa a andar del todo.

Lo mejor que se puede decir de Spaceman es que no es convencional, arriesgándose a meter en la batidora géneros tan dispares como la expedición espacial, las historias de fugitivos, las distopías antiabsolutistas de la ciencia ficción de los 50 o la denuncia social subyacente en las novelas de Charles Dickens. El problema es que una vez batido, el pastiche tiene un sabor bastante extraño que a más de uno le puede resultar indigesto. 6

 

Spaceman
Brian Azzarello y Eduardo Risso
DC Comics (Vertigo). Publicado en España por ECC Ediciones. Cartoné, 224 páginas, color, 20 €