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47 Ronin, la epopeya samurái vista por el cómic USA

19 marzo, 2014

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La leyenda de los 47 ronin vuelve a estar de moda merced a la (inefable) adaptación cinematográfica llevada a cabo por Hollywood. Pero este volumen de 150 páginas publicado por Planeta –recopilación de la miniserie de cinco números de Dark Horse Comics– poco tiene que ver con el blockbuster protagonizado por Keanu Reeves (gracias al cielo y a los “ocho millones de kamis”, he de añadir). De hecho, la aproximación a la historia es diametralmente opuesta: si la versión cinematográfica dirigida por Carl Rinsch era una suerte de abominación hipertrófica, la adaptación realizada por Mike Richardson y StanUsagi YojimboSakai es sutil, inteligente y decididamente respetuosa con un relato, mitad Historia mitad mito, que forma parte del imaginario cultural japonés. No en vano, el propio Richardson se encarga de citar el viejo dicho de que “conocer la historia de los 47 ronin es conocer Japón”.

El problema es que conocer la realidad en torno a dicho suceso no resulta tan sencillo. Los acontecimientos relativos a los 47 ronin, en efecto, sucedieron (las 47 tumbas de estos guerreros samuráis se pueden visitar en el templo Sengaku-ji, en Tokio), pero como ocurre con otros muchos eventos y personajes de la historia japonesa pre-moderna, los hechos saltaron inmediatamente a la narrativa popular: representaciones de kabuki, teatro de marionetas bunraku, poesía, grabados ukiyo-e, cuentacuentos… Todos contribuyeron a popularizar la hazaña de los 47 ronin casi desde el mismo día de los acontecimientos, pero también distorsionaron los hechos y a sus protagonistas, los exageraron, los deformaron y, en definitiva, los dramatizaron.

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En esencia, 47 Ronin narra la venganza llevada a cabo por los samuráis del señor feudal Asanao Takumi-Naganori después de que éste se suicidara por orden del shogún tras un conflicto con el funcionario Kira Yoshinaka. Según la historia, Kira, ofendido por las reiteradas negativas de Asano a pagar los sobornos a los que los funcionarios estaban habituados, tiende una trampa al señor de la provincia de Ako: conocedor del orgullo de los grandes daimios, aprovecha un encuentro privado en el palacio de los Tokugawa para humillar y provocar al señor Asano hasta que éste desenfunda su espada para hacerle callar, un gesto castigado con la muerte en la residencia del shogún. Esta es la premisa común a todas las adaptaciones de la leyenda de los 47 ronin, que posteriormente se centran en explicar cómo Oishi Kuranosuke Yoshio, jefe de los samuráis del señor Asano, entrega el castillo de su amo acatando la ley del shogún, sólo para consagrar el resto de su vida a la elaborada venganza que ha de restituir el honor de su señor.

Sobre esta historia base hay un sinfín de variaciones que ponen el énfasis en uno u otro aspecto del relato, hasta el punto de que resulta difícil conocer cómo sucedieron realmente los acontecimientos. Mike Richardson, guionista del cómic a la sazón que fundador de Dark Horse, aborda el proyecto, no obstante, con la devoción de un amante de la cultura japonesa en general y un devoto de esta leyenda en particular. Esto se traduce en que la versión de los 47 ronin que tenemos entre manos se cimienta en un amplio trabajo de documentación acometido por Richardson durante casi dos décadas, con el asesoramiento (intuimos que resignado) de un mito del manga: Kazuo Koike, autor de El lobo solitario y su cachorro, quizás el cómic de samuráis más importante de todos los tiempos, publicado en Estados Unidos precisamente por Dark Horse. Con esta sólida base documental, el guion elaborado por Richardson dibuja una versión estilizada de los acontecimientos, carente de histrionismo y grandes exageraciones, pero con una idealización de los personajes y de la figura del samurái digna de los manuales de Yamaga Soko. Nada que achacarle, pues no estamos ante un trabajo de reconstrucción histórica, sino ante un relato de ficción que busca entretener al tiempo que es consecuente con la supuesta realidad de los acontecimientos.

Sin embargo, donde el guionista no ha querido hacer concesiones es a la hora de recrear con total fidelidad los ambientes y detalles del Japón del periodo Edo: arquitectura de los castillos, escenarios interiores, el emblema de los clanes, el aspecto de los ciudadanos de la gran metrópolis feudal, sus usos a la hora de vestir, de desenvolverse… incluso sus poses a la hora de sentarse o de comer. Todo ello debía estar recreado de manera minuciosa y fidedigna. Creo no equivocarme si digo que fuera de Japón sólo existe un autor con un conocimiento tan profundo del periodo histórico y de la cultura samurái como pretendía Richardson, un autor que, para colmo, trabajaba en su propia editorial: Stan Sakai.

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El creador de Usagi Yojimbo no sólo aporta su experiencia a la hora de trasladar los ambientes y personajes del Japón feudal a la viñeta, sino que embebe todo el relato de su peculiar estilo narrativo, con ilustraciones próximas al cartoon y una cadencia pausada que nos permite deleitarnos en los matices de la historia y de los personajes. Apenas hay sangre en las páginas dibujadas por Sakai, la violencia se encuentra estilizada, carente de brutalidad o realismo, pero la expresividad de sus samuráis, la dignidad de sus rostros o la profunda determinación de sus acciones están representadas con una potencia sólo al alcance de un maestro de la sencillez. En esta época en la que el cómic norteamericano gusta de abusar de viñetas mastodónticas y splashpages, resulta casi balsámico toparse con la narración comedida de Stan Sakai. Especial atención al uso del código de colores, con una paleta dominante para cada estación del año, o a cómo cada capítulo comienza desde la perspectiva de unas ramas de cerezo, cuyas flores nos indican, igualmente, el periodo del año y el desarrollo de los acontecimientos. Atención también a las tres últimas viñetas del volumen; no desvelaré nada, pero cuántos ilustradores no hubieran optado por la espectacularidad para plasmar la escena, por un gran pin-up de lucimiento personal. Sakai, sin embargo, lo resuelve con absoluta sencillez, con viñetas pequeñas que te sobrecogen, con la aplastante potencia de la simplicidad.

No suele haber muchos buenos cómics de samuráis producidos en Occidente. 47 Ronin lo es, tanto por el respeto con el que aborda la leyenda japonesa como por la implicación personal de sus autores, que si bien pueden haber aprovechado el tirón comercial que aporta toda superproducción hollywoodiense, nos ofrecen un cómic que, a todas luces, no es un trabajo oportunista. 8

47 Ronin
Mike Richardson y Stan Sakai
Dark Horse Comics. Publicado en España por Planeta. Rústica, 152 páginas, color, 12,95 €

Lady Snowblood

24 febrero, 2012

Lady Snowblood es uno de los mangas más populares del genio japonés Kazuo Koike. Publicado a principio de los 70, casi de forma paralela a su gran obra maestra, El Lobo Solitario y su CachorroLady Snowblood también nos cuenta una historia de venganza: la de Yuki, una joven engendrada en prisión con el único fin de ejecutar la venganza que su madre no pudo completar. Narrada y publicada de forma episódica, como suele ser habitual en el cómic japonés, la obra llega a Occidente de manera tardía (de hecho, ha sido la tónica con casi toda la obra de Kazuo Koike) y cobra especial popularidad a raíz de que Quentin Tarantino reconociera que este cómic (y sus dos adaptaciones cinematográficas) son una de sus principales fuentes de inspiración para su bilogía Kill Bill.

En España se publica en 2006 de la mano de Planeta de Agostini, en una edición que consta de dos tomos en blanco y negro con formato de lectura oriental (ya sabemos que muchas editoriales japonesas se niegan a vender los derechos de sus obras si no se respeta el formato de lectura original, pues lo contrario supondría invertir los fotolitos, un verdadero estropicio para la composición original de las ilustraciones). Punto a favor de Planeta: el manga se ha traducido al español directamente desde el Japonés, sin usar como puente la traducción al inglés que Dark Horse realizó en 2005. Esto es una práctica habitual de Planeta muy de agradecer, ya que no todas las editoriales hacen lo mismo. Punto negativo: cada volumen cuesta 20 euros, con lo que la colección asciende a 40 eurazos que duelen al bolsillo. Vale que cada volumen tiene 500 páginas y están bien engomados (faltaría más, diréis algunos, pero a mí ya se me ha deshojado más de un cómic en las manos), pero estamos hablando de b/n, papel normalito y en rústica. Cierto es que desconocemos cuánto han costado los derechos, pero por una obra publicada originalmente en los 70 y que no va a ser un superventas en occidente, no creo que la propietaria de los derechos, la editorial Koike Shoin, se haya subido a la parra.

Pero la verdadera pregunta es: ¿merece la pena gastarnos 40€ por tener este cómic en nuestras estanterías? Definitivamente, no. Antes comentaba que la serie era coetánea (en cuanto a publicación) de El Lobo Solitario, y que ambas nos narran el descenso a los infiernos de sus respectivos protagonistas embarcados en un largo camino de venganza. Pero aquí acaban las semejanzas: mientras que el manga protagonizado por Itto Ogami, el guerrero asceta que ya ha trascendido al imaginario popular japonés, es una obra sobrecogedora que nos muestra con maestría el Japón del período Edo, al tiempo que retrata la grandeza y las miserias de la figura del samurái; Lady Snowblood es un cómic menor, plagado de tópicos, personajes clichés y situaciones un tanto absurdas.

Después de haber leído obras del mismo autor como El Lobo Solitario, Asa el Ejecutor y Hanzo: el camino del asesino,  imprescindibles para conocer el género “chanbara” y el Japón del periodo Edo, tanto como pueden serlo las películas de Akira Kurosawa, me esperaba que Lady Snowblood me ofreciera dosis similares de calidad y documentación histórica, sólo que esta vez ambientadas en la restauración Meiji. Nada más lejos de la realidad, y lo cierto es que no me lo explico, siendo obras de temática semejante y publicadas en la misma etapa creativa.

De este modo veremos cómo la historia se articula a través de episodios que se corresponden con los encargos de asesinato que a Yuki le van realizando en su vagabundeo como sicaria, a medida que va reuniendo información para dar con los asesinos de su familia. Pero aunque la premisa pudiera resultarnos atractiva, lo cierto es que el cómic parece escrito con desgana, con escaso ritmo y nulo brillo. Hasta tal punto que suscita la sospecha de que las labores de Kazuo Koike pudieran limitarse al argumento general, pero que la narración y guionización del mismo correspondan al ilustrador. Vamos, por buscarle una explicación.

Cierto es que la definición de los protagonistas nunca ha sido el punto fuerte de Koike, siendo la mayoría de ellos sobrios y arquetípicos, poco dados a expresar sentimientos o contradicciones; pero siempre eran integrados en entornos interesantes y en relación con personajes dispares, que sirven de contrapunto y cuya visión nos permitía conocer mejor al protagonista. Nada de eso sucede en Lady Snowblood, trazado con una narración plana y sin pulso.

En sus mejores momentos el cómic resulta entretenido, aunque no siempre lo logra, estando cargado de capítulos que se leen con completa indiferencia. Además, se encuentra muy lastrado por la necesidad de introducir escenas eróticas en cada uno de los episodios; desconozco si son una imposición del género o la editorial, pero en la mayoría de los casos resultan forzadas e innecesarias. Paradójicamente, los últimos capítulos del manga son los mejores, con una resolución sencilla pero entretenida.

Respecto a las ilustraciones, es inevitable la comparación con Goseki Kojima, ilustrador de casi todas las obras de Koike. Aquí la tinta corre a cargo de Kazuo Kamimura, y la comparación resulta devastadora (qué queréis que os diga). La fuerza, potencia y dramatismo de las pinceladas de Kojima, uno de los mejores dibujantes que me he echado a la cara, están a años luz de las pobres composiciones y el dibujo destemplado de Kamimura, que bien es cierto va mejorando según avanza la obra, pero que sólo puede aspirar a cumplir.

Poco más resta por decir, salvo que, si nadie a leído a Kazuo Koike, ni se le ocurra empezar por este manga. Cualquiera de sus otras obras resulta una tarjeta de presentación mucho más adecuada. 5

 

Lady  Snowblood
Kazuo Koike & Kazuo Kamimura
Koike Shoin. Publicado en España por Planeta de Agostini, 2 volúmenes de 500 págs. (aprox.), b/n, 19,95€

El Lobo Solitario y su Cachorro

8 enero, 2010

Reseñar un clásico entraña no pocas dificultades, pues a menudo el mito trasciende a la obra y resulta complicado poner en perspectiva el trabajo de unos autores que legaron al manga uno de sus máximos referentes. Me refiero a El Lobo Solitario y su Cachorro (Kozure Ôkami en el original japonés), el manga creado por Kazuo Koike e  ilustrado por  Goseki Kojima, publicado originalmente entre 1970 y 1976.

Pocas veces una obra consigue un impacto tan profundo en la cultura de un país, convirtiéndose en un referente cuya popularidad no ha decaído en generaciones posteriores. Pero más allá de su calado social, debemos comprender que Kozure Ôkami representó un  hito en la historia del manga, no sólo por su impacto en obras posteriores, sino porque, por primera vez, un cómic japonés traspasaba las fronteras de su mercado natural y extendía su influencia hasta Occidente. Inexistentes los canales de distribución de que gozamos hoy día (con una Internet que permite que cualquier fenómeno local  se convierta en global en pocos días), el trabajo de Koike y Kojima trascendió lentamente y años después de su publicación, con la peculiaridad de que fueron autores occidentales los que, en primer lugar, quedaron fascinados por el talento que encerraba este relato costumbrista. En este sentido, hay que destacar el compromiso de Frank Miller con la obra, que durante años intentó sin éxito su publicación en USA, hasta que logró convencer a la pequeña editorial First Comics para que apostara por su publicación en 1987, con portadas del propio Miller, Bill Sienkiewics o Matt Wagner. Lone Wolf and Cub, como se la tituló en el mercado norteamericano, se convirtió en uno de los principales éxitos de First Comics, pero no evitó que la editorial quebrara, siendo Dark Horse la que posteriormente completara su publicación. No obstante, la semilla ya estaba plantada y Kozure Ôkami germinó en la mente de varios autores norteamericanos inspirando novelas gráficas como Camino a la Perdición, de Max Allan Collins, Usagi Yojimbo, de Stan Sakai, o Ronin, del propio Frank Miller, además de dar lugar a varios proyectos de Hollywood que no llegaron a fructificar (actualmente hay un adaptación en preparación, que contaría con el director Justin Lin y cuyo estreno se prevé para 2014). Todo ello venía a sumarse, por supuesto, a la ingente producción de películas, series, videojuegos y homenajes que el mercado japonés hizo de la historia, siendo lo último una continuación del manga firmada por el propio Kazuo Koike con ilustraciones de Hideki Mori, que actualmente se publica en formato digital y que aún no ha visto la luz en Occidente.

Una de las portadas de Frank Miller para la edición USA

¿Pero qué nos cuenta El Lobo Solitario y su Cachorro? ¿Qué encierra este manga convertido en fenómeno social en Japón y en obra de culto en Occidente? En esencia Kozure Ôkami es un “chambara“, un género literario y cinematográfico muy popular en Japón, similar al western en sus códigos, que aborda la figura del samurái de una manera épica e idealizada. No obstante, la obra de Koike y Kojima ofrecía una visión mucho más oscura y brutal del período histórico en el que se desarrollan este tipo de relatos (generalmente, durante el shogunato Tokugawa en el siglo XVII), mezclando una narración áspera de la violencia que embargaba la vida de la casta samurái con un excelente retrato costumbrista del Japón feudal. Los guiones de Koike y las majestuosas ilustraciones de Kojima (cuyo trabajo para esta colección ha llegado a compararse con las láminas de los grandes maestros del ukiyo-e por su evocador retrato de la época) lograban armonizar los aspectos más decadentes de dicha sociedad con otros de gran lirismo, ofreciendo al lector una imagen compleja, exagerada pero fidedigna, de lo que era el Japón del periodo Edo.

Y es en este contexto en el que se nos narra la historia de Ittô Ogami, albacea oficial del shogún encargado de asistir en el seppuku a la alta nobleza del bakufu. El seppuku, más conocido por estos lares como hara-kiri, es un suicidio ritual ejecutado por los samuráis y señores de la nobleza para restituir a su clan el honor perdido por su actos. Así, no era inusual que el shogún ordenara el suicidio mediante seppuku de aquellos señores feudales que cometían una afrenta contra él, teniendo derecho a ser asistidos durante el ritual por el kogi kaishakunin o albacea oficial que, en la práctica, se encargaba de cercenar la cabeza al suicida una vez éste se había apuñalado el estómago, ahorrándole así el tremendo sufrimiento y el lamentable espectáculo de una lenta agonía.

El kaishakunin al servicio del shogún, lejos de ser considerado un mero verdugo, era un título de gran prestigio y poder en Japón, pues los nobles sólo podían ser asistidos en el suicidio por personas de su mismo rango social. A tal objeto, este hombre ostentaba en su kimono el propio emblema del clan Tokugawa, convirtiéndose así en la persona que encarnaba la hegemonía del shogún sobre los grandes señores feudales del país. Un recuerdo permanente de que los Tokugawa podían dictaminar muerte sobre la vida de cualquiera, y debían ser obedecidos.

El drama de Ittô Ogami comienza cuando el poderoso clan Yagyu, que durante años ha ambicionado para sí el título de kogi kaishakunin, masacra a la familia de Ogami y hace ver que Ittô conspiraba contra el líder de la nación. Despojado de su rango y perseguido como traidor, el protagonista se ve condenado a convertirse  en ronin (samurái sin señor) y, junto con el único superviviente de su familia, su hijo menor Daigoro, se consagra al meifumado: el “camino al infierno” que conduce a la venganza o a la muerte.

En esencia, El lobo solitario y su cachorro es una larga historia de venganza, brutal y despiadada, que se extiende a lo largo 8.700 páginas en las que guionista y dibujante nos desgranan los entresijos del Japón feudal, las peculiaridades de la compleja casta samurái y el código según el cual vivían y morían: el Bushido.  La relación entre padre e hijo, la descripción de un momento histórico único, la ascética concepción de la vida que poseían los samuráis… Todo ello se entrelaza para dotar al relato de un enorme poder de fascinación, haciéndonos asistir a su desarrollo conmovidos y horrorizados a partes iguales.

Es cierto que la obra no está libre de la afectación y la tendencia al melodrama que acusan la mayoría de los mangas; que Ogami se nos muestra como un guerrero perfecto e imbatible; que se reiteran ciertos tópicos del chambara, como que el samurái recto y apegado al Bushido es siempre superior con la espada a los que se separan del camino recto. Todos ellos son “defectos” que sólo se entienden como tales si olvidamos que son rasgos definitorios del género al que pertenece. Por lo demás, El lobo solitario y su cachorro nos narra una historia de una fuerza arrolladora que reescribió las bases de un género y trascendió más allá de sus fronteras en una época en la que, no lo olvidemos, el manga era un absoluto desconocido en Occidente. 10

 

 

‘El Lobo solitario y su Cachorro’
Kazuo Koike y Goseki Kojima
Planeta de Agostini Cómics. Colección Pachinco.