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Hayao Miyazaki y el viento que no cesa

8 mayo, 2014

El viento se levanta - cartel

En la cultura japonesa, el shokunin es aquel artesano que, dedicado por entero a su oficio, es capaz de sublimarlo hasta convertirlo en arte. Hay mucho de shokunin en la forma de trabajar de Hayao Miyazaki y del estudio Ghibli, en esa obstinación por mantenerse fiel a la animación tradicional, por seguir dibujando plano a plano cuando el resto de la industria considera la técnica demasiado costosa y obsoleta. Pero el señor Miyazaki no tiene problemas en demostrar, una vez más, cuán equivocado está el resto del mundo: apoyándose en un viejo arte que los animadores de Ghibli, podemos decirlo ya, dominan como nadie nunca antes, el director japonés nos regala con El viento se levanta una película hermosa a todos los niveles. Una película que sirve, además, como testamento creativo de un genio del cine.

Indistintamente de que ésta sea en efecto la despedida de Hayao Miyazaki, o que, como sucediera en anteriores ocasiones, el director decida dar marcha atrás y rodar una nueva última película, es evidente que Miyazaki condensa en el film gran parte de su filosofía de vida como autor. Pretende dejar su mensaje para los que están por venir, y en ese aspecto la película rezuma la profundidad y la melancolía de una despedida sincera. Titulada con los versos de un poema de Paul Valéry,  El viento se levanta entronca con el nombre del propio estudio fundado por el autor (“ghibli”, como llamaban los italianos al viento que sopla en el Sáhara), que a su vez hace referencia al Caproni CA.309 Ghibli, avión diseñado por el ingeniero Giovanni Caproni que en esta película hace, ni más ni menos, que de guía espiritual del protagonista, Jirô Horikoshi.

 THE WIND RISES. © 2013 Nibariki - GNDHDDTK

Hay una intención manifiesta del autor de cerrar el círculo, y lo que en un principio podía confundirse con el biopic del ingeniero que diseñó el caza Zero, el avión japonés más (tristemente) popular de todos los tiempos, acaba por ser un canto a la vida protagonizado por un personaje que tiene mucho del propio Miyazaki. El viento se levanta no sólo nos narra las vicisitudes de este muchacho que soñaba con volar y que terminó por convertirse en el ingeniero aeronáutico más importante de Japón, también realiza una panorámica de la profunda evolución de la sociedad japonesa durante la década previa y los años posteriores a la II Guerra Mundial, un país que (como Alemania) ligó su desarrollo tecnológico a la industria bélica y cuya población sufrió las duras consecuencias de las ambiciones militaristas. Miyazaki, que suele trasladar sus películas a mundos de fantasía que funcionan en sentido alegórico, no esquiva aquí ningún aspecto histórico: sus personajes admiran la tecnología alemana, critican las aspiraciones expansionistas de su gobierno, conviven con la miseria ocasionada por la Gran Depresión y son testigos de la Noche de los Cuchillos Largos en Berlín. Una recreación de la realidad que resulta novedosa en el cine de Miyazaki y que le ha valido no pocas críticas en Japón, procedentes sobre todo de los sectores más nacionalistas.

 El viento se levanta 3

Pero todo ello no es sino el trasfondo de la verdadera historia que Miyazaki quiere contar, que no es otra que el amor de Jirô hacia los aviones. Un amor que, en su contexto vital, le lleva a poner su talento al servicio de la Armada Imperial Japonesa, del mismo modo que Miyazaki ha podido ponerlo al servicio del cine. Es este el mensaje esencial de la película y del poema de Valéry, varias veces recitado a lo largo de la cinta: cuando el viento se levanta debes desplegar las alas y dejarte llevar. Lo verdaderamente importante es aprovechar ese impulso vital, creativo; después, donde la vida te lleve, es algo que está fuera de tu control. Nuestro único pecado sería no atrevernos a levantar el vuelo, porque el viento no sopla para siempre.

Jirô Horikoshi vive apurando esos momentos en los que el viento sopla para él, aunque este viento le lleve, por una parte, a diseñar aviones de guerra y, por otra, a amar a una mujer enferma de tuberculosis. Decisiones que marcarán su vida pero de las que jamás podrá arrepentirse, pues las toma siendo fiel a sí mismo y a sus sentimientos. Una hermosa lección vital que subyace a lo largo de toda la película y que queda plasmada, de manera especialmente emotiva, en la relación de Jirô con la chica que se convertirá en su esposa, y que constituye una de las historias románticas más hermosas, sinceras y carentes de impostura que he visto en el cine en mucho tiempo. Una historia de amor que por su sencillez y honestidad recuerda a esos siete primeros minutos de Up, y hace que te preguntes, una vez más, si hay algún registro en el que Miyazaki no raye alto.

 El viento se levanta 1

En lo referente al aspecto visual, sólo se puede decir que ver El viento se levanta en una sala de cine es una auténtica delicia para todos aquellos que hemos crecido entre cómics y dibujos animados. La belleza plástica de escenas como el terremoto de la región de Kanto te deja clavado a tu butaca y te hace preguntarte por qué alguien, en algún momento, decidió que ya no merecían contarse así las historias. Sin técnicas de captura de movimiento, ni croma ni iluminación dinámica por ordenador, tan sólo un equipo de dibujantes, como el maestro Kazuo Oga, apoyándose en sus tintas y su experiencia para recrear unos escenarios y unos personajes como ya sólo Ghibli puede ofrecernos. Y es esa certeza, la de que ya nadie invertirá tanto tiempo y esfuerzo en animar como se hacía el pasado siglo, lo que convierte cada nueva producción de Ghibli en una delicatessen a saborear lentamente.

No se queda atrás el apartado sonoro, no sólo porque Joe Hisaishi, autor de las bandas sonoras de todas las películas de Miyazaki, vuelva a brindar una partitura delicada, profunda, de aires meditarráneos como ya hiciera en Porco Rosso, o por la hermosísima canción que cierra los títulos de crédito, Hikoki gumo (“estelas de vapor”) de Yumi Arai, sino también por la peculiar apuesta del director por que todos los efectos de sonido del film, en especial la infinidad de ruidos producidos por los aviones, desde sus motores hasta sus aspas y timones, estén recreados vocalmente como si de una suerte de beat box se tratara. Es decir, tal como el propio Jirô los imaginara en su infancia, cuando soñaba con los aviones pero nunca había podido ver o escuchar uno de cerca.

El viento se levanta es, probablemente, la cumbre técnica del estudio japonés, al tiempo que representa la película más personal y comprometida de su director, la que Miyazaki imaginó como testamento autoral. Viendo el resultado, mencionar algunos de sus defectos, como el excesivo metraje de ciertas escenas, resultaría casi inoportuno por mi parte, pues la sensación final que deja la película es la de haber visto un trabajo redondo, inspirado en lo técnico, lo narrativo y lo personal. La obra de un genio en la cima de su carrera, hasta el punto de que Miyazaki, probablemente sin pretenderlo, contradice las palabras del propio Caproni: “una persona creativa da lo mejor de sí durante diez años”, le explica a Jirô en uno de sus sueños, “después de esos diez años debe dejarlo”. Hay excepciones para todas las reglas. 10

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Despúes de 20 años, se estrena en España “Mi Vecino Totoro”

31 octubre, 2009

Abro la Fotogramas y me encuentro con algo insólito: en la sección “La opinión de nuestros críticos”, donde se elabora un ranking con las puntuaciones de todos los críticos de la revista, me encuentro que la lista la encabeza una peli que, por primera vez desde que leo la publicación, recibe 5 estrellas de todos los periodistas. ¿A qué se debe este milagro? Al reestreno en España de Mi Vecino Totoro. Y no puedo evitar esbozar una sonrisilla, porque vi esta película por primera vez con 15 años y quedé irremediablemente prendado de ella; hasta el punto de que, a lo largo de los años, se la he hecho ver a todo el que se ha dejado. Algunos han compartido mi entusiasmo, otros me miraban y decían ¿de verdad es para tanto? “¡Por supuesto que sí! ¡Es para más!”, gritaba yo, sin resultar muy convincente. Y ahora descubro que los críticos de este país ya sabían que Mi Vecino Totoro era una obra maestra, pero se habían olvidado de comentarlo hasta su reestreno. O quizás no habían puesto sus ojos en el trabajo de Hayao Miyazaki hasta que recibió un Oscar por El Viaje de Chihiro (2001).

Totoro bajo la lluvia1

Que la popularidad de Miyazaki se ha disparado a raíz del Oscar es un hecho. Lamentablemente, la consecuencia negativa de esto es que su obra más conocida para el gran público es, precisamente, la oscarizada El Viaje de Chihiro, una buena película que, no obstante, está lejos de las obras maestras de Miyazaki San. Y entre ellas, destaca la santísima trinidad de los estudios Ghibli: Nausicaa del Valle del Viento, Porco Rosso y Mi Vecino Totoro. Tres obras maestras atemporales, tres monumentos al cine, tres películas que son casi imposibles de ver en España.

Así que los aficionados al buen cine estamos de suerte. Un año después de que se celebrara en Japón el 20 aniversario de Tonari no Totoro (la traducción más exacta sería “Los Vecinos de Totoro”) llega a Europa esta edición restaurada. En realidad no es un reestreno, porque Totoro nunca se llegó a estrenar en cines occidentales, y hasta la fecha la única oportunidad de verla por estos lares era su vieja edición en VHS, al igual que sucede con tantas películas de Miyazaki (otras, como Nausicaa, jamás se han publicado en España en formato alguno). Así que os recomiendo que aprovechéis y vayáis a verla al cine (si se ha estrenado en vuestra ciudad), porque cabe la posibilidad de que debamos esperar otros 20 años para volver a verla.

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Mi Vecino Totoro cuenta la historia de dos hermanas, Mei y Satsuki, y su padre que se trasladan a vivir a una casa de campo. Las pequeñas, procedentes de un ambiente urbano, descubren con entusiasmo el estilo de vida del entorno rural de los años 50, y a un vecino bastante desconcertante: Totoro, un espíritu del bosque. Así que, si me preguntáis de qué va Mi Vecino Totoro, va de esto. En la película no hay mucho más, no hay grandes aventuras ni peligros que salvar. Es, ni más ni menos, que un maravilloso retrato de un estilo de vida y un ambiente ya desaparecidos en casi todos los lugares del mundo, de la maravilla del proceso de aprendizaje, de la capacidad de fascinación de la infancia. Y es, también, una de las mejores construcciones de personajes que he visto.

Habitualmente, sabemos que para obtener grandes personajes debemos construir personalidades coherentes, con rasgos fuertes que les hagan sobresalir de lo ordinario, y enfrentarlos a situaciones críticas en las que puedan poner en juego esa personalidad. Las historias de gente normal a la que le pasan cosas comunes no suelen interesar. Sin embargo, Miyazaki escribe sus propias reglas, juega a otro juego: Nos presenta unos personajes creados con detalle y mimo, definidos de forma maravillosa a través de rasgos cotidianos y de la manera en que interactúan entre ellos. La responsabilidad y cariño con que Satsuki cuida de su hermana menor, Mei. La obstinada personalidad de la pequeña, que sin embargo intenta imitar a su hermana mayor en todo. La devoción de su padre por las dos pequeñas, ante las que intenta mostrarse alegre pese a la preocupación que le supone la enfermedad de su esposa. Los lugareños que acogen con calidez a los nuevos vecinos, a la vez que observan divertidos los hábitos y el alboroto de las dos hermanas. Y Totoro y su extraño mundo. Con todo ello Miyazaki crea un fresco maravilloso, sosegado, tranquilo como el bucólico ambiente que recrea, y dibuja poco a poco a unos personajes absolutamente creíbles, con los que empatizamos a través de la risa. De verdad, no os la perdáis.

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