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Her: amor distópico

2 marzo, 2014

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La ciencia ficción no suele transitar el terreno de lo romántico, y si lo hace, es de manera tangencial. Por eso, cuando supe que la nueva película de Spike Jonze era un drama romántico de ciencia ficción, decidí marcar la fecha en el calendario a la espera de ver qué podía salir de una mezcla tan inusual. El resultado ha sido una de las producciones de ciencia ficción más lúcidas de los últimos años y una historia romántica sumamente original, capaz de empatizar con una gran parte del público, quizás contra todo pronóstico.

Her está protagonizada por Theodore (Joaquin Phoenix), un escritor que se gana la vida en una empresa dedicada a escribir correspondencia personal para sus clientes. Un hombre con enormes dificultades para expresar sus sentimientos pero con un gran talento para plasmar en hermosas cartas lo que otros sienten. Tras una traumática separación de su mujer de toda la vida, Theodore se haya vagando a la deriva en una sociedad hiperconectada al nivel más superficial, pero en la que los momentos de verdadero contacto emocional son extraordinariamente raros.

Habituado a relacionarse casi en exclusiva a través de la membrana de la tecnología y las redes sociales, todo cambia el día que llega a su vida Samantha. ¿Una nueva compañera de trabajo, una chica que se muda a la puerta de enfrente? No, Samantha es la inteligencia artificial integrada en su nuevo sistema operativo. Una OS  de última generación (con la voz de Scarlett Johansson, que todo suma) capaz de interactuar con el usuario a todos los niveles, más allá del meramente funcional. La relación cómplice que se crea entre ambos trastoca la vida de Theodore y le hace salir, por primera vez en mucho tiempo, del lodazal emocional que lo estaba engullendo.

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A partir de aquí, todo dependerá de si eres capaz de conectar o no con la propuesta del director y guionista. Si crees en la relación que se establece entre Theodore y Samantha, Her es una película conmovedora que te implica en los vaivenes de este peculiar romance, que te hace sonreír en sus momentos dulces y te entristece en los más agrios. Si no conectas, sin embargo, si por cualquier motivo no crees que un hombre pueda enamorarse de una personalidad sintética, entonces los momentos de narración contemplativa, tan del gusto de Spike Jonze, pueden resultarte del todo exasperantes. Me he encontrado con opiniones a ambos lados de la línea.

En lo que a mí respecta, sólo puedo decir que me tragué el anzuelo por completo. Si suponemos que en un futuro a medio plazo puedan llegar a existir IAs capaces de superar el test Voight-Kampff, veo completamente razonable el que haya personas capaces de enamorarse de ellas. Más si tenemos en cuenta el nivel de aislamiento personal al que se dirige nuestra sociedad en la que, paradójicamente, cuantos más canales de comunicación nos ofrece la tecnología, más básica y superficial se torna nuestra manera de relacionarnos.

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A este respecto, hay un punto difuso en la historia escrita por Spike Jonze que puede condicionar por completo la valoración del personaje de Theodore. Todo depende de si crees que Samantha, como inteligencia artificial, estaba diseñada para satisfacer las necesidades de Theodore y adaptarse a sus gustos y expectativas (como da a entender el cuestionario inicial de configuración del sistema operativo), o de si ella realmente llega a enamorarse de él. ¿Es un amor simulado o real? En el primer caso, nos encontraríamos ante un Theodore que sólo es capaz de abrirse ante una “persona” que se pliega totalmente a sus necesidades, una especie de niño emocional incapaz de afrontar los riesgos de una relación real, justo de lo que lo acusa su ex-mujer. Sin embargo, si consideramos su relación con Samantha como algo auténtico, podemos entender que Theodore sólo necesitaba encontrarse lo suficientemente cómodo con alguien para dejar caer sus barreras y brillar con luz propia.

Para mí esta disyuntiva queda resuelta desde el momento en que Samantha intenta forzarlo a hacer cosas que ella necesita pero él rehuye, como introducir a una mujer en la relación que actúe como su avatar físico en sus encuentros sexuales, o quizás más esclarecedor, cuando el personaje interpretado por Amy Adams comenta que un amigo también se ha enamorado de su OS pero ésta le da calabazas, o que una compañera del trabajo está saliendo con el OS de otro usuario. Es decir, estas inteligencias sintéticas realmente gozan de libre albedrío, lo que, desde mi punto de vista, resulta el aspecto más inverosímil del guion.

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De cualquier modo, creo que el gran mérito de Spike Jonze es lograr normalizar en pantalla una historia que, sobre el papel, podía resultar poco creíble. Hay momentos brillantes en Her, retazos de verdadera humanidad que te hacen creer que cualquiera podría enamorarse de Samantha, y a ello contribuye el gran trabajo de ambos actores, en especial de un Joaquin Phoenix inconmensurable y versátil, capaz de insuflar vida a cualquier personaje.

Y por si alguien se lo preguntaba, no creo que haya moralejas ni metáforas en Her, no creo que la intención del director vaya más allá de contarnos una rara y hermosa historia de amor. Es cierto que el paralelismo con nuestra forma de usar la tecnología está ahí, pero creo que el director lo aprovecha para que entremos en su juego, para que su propuesta no nos parezca tan ajena, más que para intentar advertirnos sobre algo. Y eso hace de Her una película aún mejor.  8

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