Archive for the ‘Reseñas’ category

El origen de una saga

13 octubre, 2014

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El cómic es un medio relativamente nuevo, aún en evolución, lo que hace que las grandes obras del medio lo sean, entre otras cosas, por traer una serie de innovaciones (a nivel narrativo o argumental) que otros se apresuran a imitar hasta convertirlas en tendencia. En lo que llevamos de siglo, sin embargo, comienzan a aparecer una serie de autores que no buscan romper con lo precedente (más bien al contrario, tienen una serie de referencias claras sobre las que les gusta trabajar, e incluso homenajear), pero cuya falta de transgresión no impide que sus obras rayen a un nivel verdaderamente elevado. Y si Sostiene Pereira, la novela que Antonio Tabucchi publicara en 1994, se considera uno de los máximos exponentes de la novela moderna europea precisamente por condensar con maestría las técnicas narrativas precedentes, este Saga, de Brian K. Vaughan y Fiona Staples, puede ser uno de los mejores ejemplos de lo que es el gran cómic moderno estadounidense.

Saga nos cuenta la historia de Alana y Marko, dos soldados de sendos ejércitos planetarios en guerra eterna, que se conocen como enemigos, pero entre los que acaba surgiendo un amor impío condenado por ambas razas. Los jóvenes prefieren convertirse en desertores a renunciar a sus sentimientos, y es durante su huida cuando engendran a Hazel, la hija de ambos al tiempo que narradora no-nata del relato. De este modo, Vaughan articula su historia como una road story que tiene un poco de comedia romántica, otro poco de drama bélico, y un mucho de space opera.

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Y es que resulta imposible que la sinopsis de Saga no nos suene a un refrito de referencias dispares que van desde Star Wars a Firefly, pasando por clásicos literarios como Romeo y Julieta o videojuegos como Mass Effect. Intertextualidad transgénero a mansalva que puede hacer sospechar al lector desconfiado de la calidad del producto. Pero entonces miras los galardones cosechados (nada menos que tres Eisner a “mejor serie continuada”, “mejor serie nueva” y “mejor escritor” en 2013, y un premio Hugo a la mejor historia gráfica ese mismo año) y te dices que algo debe tener. Y vaya si lo tiene. Desde luego, Saga no inventa nada nuevo, pero todo lo que hace lo hace endiabladamente bien.

Vaughan no se ve forzado por la exigencia de ser original y rompedor que algunos escritores se autoimponen; ni tampoco por la necesidad de encuadrarse en una moda (condición diametralmente opuesta que, habitualmente, viene de los editores). Se nota desde la primera página que Image Comics ha dado vía libre al autor para hacer lo que le dé la real gana, y Vaughan lo hace de manera gloriosa. No se limita a géneros, no se limita a convencionalismos, hay humor, hay gore, hay niñeras fantasmas grotescamente amputadas, hay sexo interracial (pero sexo de verdad, e interracial de verdad), hay una protagonista femenina que no para de decir tacos y a la que le encanta follar con su marido, y un protagonista masculino mucho más sensible, recatado y sensato que su esposa, hay relaciones familiares complicadas, villanos con el corazón roto a los que quieres que las cosas les salgan bien (pero no del todo, claro). Hay muchos elementos en Saga que no solemos ver juntos en una misma historia, pero que de algún modo encajan a la perfección en el universo que han creado los autores. Lo cierto es que la lectura de los tres primeros volúmenes publicados por Planeta resulta tan placentera que sólo lamento que no se trate de una novela gráfica autoconclusiva, porque sabes que nadie es capaz de mantener tal torrente creativo, tal estado de iluminación, en una serie regular.

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Abro el pertinente párrafo para hablar de la dibujante, Fiona Staples, a la que he tenido el placer de descubrir en este tebeo. He de decir que mi relación con su trabajo ha tenido sus altibajos a lo largo de los tres tomos: empecé embelesado por el mundo colorido desplegado por la artista canadiense, que crea un fascinante contraste con la explícita brutalidad y sexualidad de algunos pasajes de la historia. Luego comenzó a molestarme esa tendencia por no entintar los fondos que algunos autores norteamericanos han decidido adoptar (sospecho que más por su conveniencia a la hora de cumplir los plazos que por un resultado estético), y es que, como algunos han criticado, provoca una extraña disociación entre las figuras y el fondo. Pero a medida que van pasando los capítulos todo empieza a encajar, como una película rodada al transfoque, pues ciertamente no se puede decir que el mundo de Saga carezca de detalles o personalidad, mientras que sus personajes poseen una potencia expresiva fascinante. A lo que hay que sumar la excelente labor de la ilustradora a la hora de crear un imaginario interplanetario de lo más variopinto, tanto en lo referente a escenarios como a las razas y personajes que lo pueblan. El balance final es que Saga me resulta, junto con Sandman: Overture y Ojo de Halcón, uno de los cómic mejor dibujados de cuantos se están publicando actualmente.

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En definitiva, y por si no había quedado claro, con todo esto intento deciros que Saga es probablemente el mejor cómic que he leído este año, y sin duda alguna, una de las colecciones de referencia del mercado norteamericano (algo a lo que Image nos está acostumbrando últimamente). Saga es una obra adulta, divertida, compleja pero, sobre todo, es honesta. Está claro que es un producto de entretenimiento (pocos cómics, novelas o películas no lo son), pero es uno que no está creado al servicio de la industria, sino al servicio de la satisfacción personal de su creador, que ha permitido volar su imaginación sin ninguna cortapisa. Se percibe a cada página que los autores están disfrutando con lo que hacen, y no existe mayor garantía de calidad que ésa. 9

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‘Los Guardianes de la Galaxia’: space opera a ritmo ochentero

17 agosto, 2014

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Marvel inaugura franquicia cinematográfica y vertiente narrativa con Los Guardianes de la Galaxia. Aquellos que estén familiarizados con la otra Marvel, la que hace cómics, sabrán que el universo de la editorial norteamericana tiene dos grandes vertientes o escenarios: el más mundano, cuyas historias se desarrollan fundamentalmente en Nueva York y en el que se mueven personajes como Spiderman, los X-Men, Daredevil y un largo etcétera; y la vertiente cósmica, que durante muchos años estuvo esencialmente ligada a los 4 Fantásticos pero que, con el paso de las décadas, se convirtió también en terreno habitual de otros personajes, como Los Vengadores o los propios X-Men. El tema de Asgard y la vertiente mística de la editorial mejor los dejamos para otro día.

El caso es que la mitología cósmica marvelita siempre fue profusa y dio lugar a varias buenas historias (por si alguien tiene interés, aquí la reseña de El Guantelete del Infinito, saga escrita por Jim Starlin que se prevé esencial para comprender lo que está por venir en la gran pantalla). No era cuestión de que ese filón siguiera sin explotar, y Los Guardianes de la Galaxia ha sido la franquicia elegida para adentrarnos en este nuevo escenario. La decisión ha sido bastante más astuta de lo que pudiera parecer.

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Ronan, el acusador. Primer kree en una peli de Marvel.

Para empezar, Los Guardianes son un grupo bastante menor en el imaginario de la Casa de las Ideas (publicado por primera vez en 1969, reimaginado en 2008 con la formación que aparece en el film), con muy pocas implicaciones respecto a lo que se ha visto de Marvel hasta ahora en el cine, de modo que el espectador medio puede asistir a la función sin tener la sensación de que está viendo la enésima película de superhéroes. Los guiños marvelitas están ahí para quien quiera/pueda pillarlos, pero son absolutamente prescindibles. Esto permite a la productora expandir su universo cinematográfico, hasta ahora constreñido por la figura del superhéroe, y adentrarse en el terreno de la aventura espacia.

Porque eso es Los Guardianes de la Galaxia, una space opera con poca ambición y mucho descaro. El director y coguionista, James Gunn, no se molesta en disimular los referentes: un mucho de Star Wars y Firefly, un poco de la nueva Star Trek, incluso una pizca de Mass Effect (con tanto romance interracial y planeta tipo La Ciudadela), todo ello sazonado con la nostalgia ochentera que parece cubrir Internet y encajado en el molde creado por la productora que requiere mucha acción y comedia. Incluso la trama, que gira en torno a la búsqueda “del Orbe”, repite la premisa de buenos-y-malos-buscan-objeto-todopoderoso repetida en varias pelis de la casa. El caso es que todo encaja y funciona de maravilla.

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Los Guardianes de la Galaxia no es ningún clásico, pero como película de verano funciona a la perfección. Es sumamente entretenida, espectacular como la que más, el guion tiene oficio y no insulta la inteligencia del espectador, incluso se permite darle a sus personajes una dimensión “humana” (nótese la ironía del término en este caso) de la que carecen la mayoría de los blockbusters. Quizás no sea tan carismática ni tan graciosa ni tan espectacular como Los Vengadores (para mí, sigue estando en la cima junto con Iron Man), pero es una más que digna representante de su casa. Habemus franquiciam, y yo que me alegro. Por cierto, al final de los créditos hay “huevo de pascua” (jojo). 7

Hayao Miyazaki y el viento que no cesa

8 mayo, 2014

El viento se levanta - cartel

En la cultura japonesa, el shokunin es aquel artesano que, dedicado por entero a su oficio, es capaz de sublimarlo hasta convertirlo en arte. Hay mucho de shokunin en la forma de trabajar de Hayao Miyazaki y del estudio Ghibli, en esa obstinación por mantenerse fiel a la animación tradicional, por seguir dibujando plano a plano cuando el resto de la industria considera la técnica demasiado costosa y obsoleta. Pero el señor Miyazaki no tiene problemas en demostrar, una vez más, cuán equivocado está el resto del mundo: apoyándose en un viejo arte que los animadores de Ghibli, podemos decirlo ya, dominan como nadie nunca antes, el director japonés nos regala con El viento se levanta una película hermosa a todos los niveles. Una película que sirve, además, como testamento creativo de un genio del cine.

Indistintamente de que ésta sea en efecto la despedida de Hayao Miyazaki, o que, como sucediera en anteriores ocasiones, el director decida dar marcha atrás y rodar una nueva última película, es evidente que Miyazaki condensa en el film gran parte de su filosofía de vida como autor. Pretende dejar su mensaje para los que están por venir, y en ese aspecto la película rezuma la profundidad y la melancolía de una despedida sincera. Titulada con los versos de un poema de Paul Valéry,  El viento se levanta entronca con el nombre del propio estudio fundado por el autor (“ghibli”, como llamaban los italianos al viento que sopla en el Sáhara), que a su vez hace referencia al Caproni CA.309 Ghibli, avión diseñado por el ingeniero Giovanni Caproni que en esta película hace, ni más ni menos, que de guía espiritual del protagonista, Jirô Horikoshi.

 THE WIND RISES. © 2013 Nibariki - GNDHDDTK

Hay una intención manifiesta del autor de cerrar el círculo, y lo que en un principio podía confundirse con el biopic del ingeniero que diseñó el caza Zero, el avión japonés más (tristemente) popular de todos los tiempos, acaba por ser un canto a la vida protagonizado por un personaje que tiene mucho del propio Miyazaki. El viento se levanta no sólo nos narra las vicisitudes de este muchacho que soñaba con volar y que terminó por convertirse en el ingeniero aeronáutico más importante de Japón, también realiza una panorámica de la profunda evolución de la sociedad japonesa durante la década previa y los años posteriores a la II Guerra Mundial, un país que (como Alemania) ligó su desarrollo tecnológico a la industria bélica y cuya población sufrió las duras consecuencias de las ambiciones militaristas. Miyazaki, que suele trasladar sus películas a mundos de fantasía que funcionan en sentido alegórico, no esquiva aquí ningún aspecto histórico: sus personajes admiran la tecnología alemana, critican las aspiraciones expansionistas de su gobierno, conviven con la miseria ocasionada por la Gran Depresión y son testigos de la Noche de los Cuchillos Largos en Berlín. Una recreación de la realidad que resulta novedosa en el cine de Miyazaki y que le ha valido no pocas críticas en Japón, procedentes sobre todo de los sectores más nacionalistas.

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Pero todo ello no es sino el trasfondo de la verdadera historia que Miyazaki quiere contar, que no es otra que el amor de Jirô hacia los aviones. Un amor que, en su contexto vital, le lleva a poner su talento al servicio de la Armada Imperial Japonesa, del mismo modo que Miyazaki ha podido ponerlo al servicio del cine. Es este el mensaje esencial de la película y del poema de Valéry, varias veces recitado a lo largo de la cinta: cuando el viento se levanta debes desplegar las alas y dejarte llevar. Lo verdaderamente importante es aprovechar ese impulso vital, creativo; después, donde la vida te lleve, es algo que está fuera de tu control. Nuestro único pecado sería no atrevernos a levantar el vuelo, porque el viento no sopla para siempre.

Jirô Horikoshi vive apurando esos momentos en los que el viento sopla para él, aunque este viento le lleve, por una parte, a diseñar aviones de guerra y, por otra, a amar a una mujer enferma de tuberculosis. Decisiones que marcarán su vida pero de las que jamás podrá arrepentirse, pues las toma siendo fiel a sí mismo y a sus sentimientos. Una hermosa lección vital que subyace a lo largo de toda la película y que queda plasmada, de manera especialmente emotiva, en la relación de Jirô con la chica que se convertirá en su esposa, y que constituye una de las historias románticas más hermosas, sinceras y carentes de impostura que he visto en el cine en mucho tiempo. Una historia de amor que por su sencillez y honestidad recuerda a esos siete primeros minutos de Up, y hace que te preguntes, una vez más, si hay algún registro en el que Miyazaki no raye alto.

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En lo referente al aspecto visual, sólo se puede decir que ver El viento se levanta en una sala de cine es una auténtica delicia para todos aquellos que hemos crecido entre cómics y dibujos animados. La belleza plástica de escenas como el terremoto de la región de Kanto te deja clavado a tu butaca y te hace preguntarte por qué alguien, en algún momento, decidió que ya no merecían contarse así las historias. Sin técnicas de captura de movimiento, ni croma ni iluminación dinámica por ordenador, tan sólo un equipo de dibujantes, como el maestro Kazuo Oga, apoyándose en sus tintas y su experiencia para recrear unos escenarios y unos personajes como ya sólo Ghibli puede ofrecernos. Y es esa certeza, la de que ya nadie invertirá tanto tiempo y esfuerzo en animar como se hacía el pasado siglo, lo que convierte cada nueva producción de Ghibli en una delicatessen a saborear lentamente.

No se queda atrás el apartado sonoro, no sólo porque Joe Hisaishi, autor de las bandas sonoras de todas las películas de Miyazaki, vuelva a brindar una partitura delicada, profunda, de aires meditarráneos como ya hiciera en Porco Rosso, o por la hermosísima canción que cierra los títulos de crédito, Hikoki gumo (“estelas de vapor”) de Yumi Arai, sino también por la peculiar apuesta del director por que todos los efectos de sonido del film, en especial la infinidad de ruidos producidos por los aviones, desde sus motores hasta sus aspas y timones, estén recreados vocalmente como si de una suerte de beat box se tratara. Es decir, tal como el propio Jirô los imaginara en su infancia, cuando soñaba con los aviones pero nunca había podido ver o escuchar uno de cerca.

El viento se levanta es, probablemente, la cumbre técnica del estudio japonés, al tiempo que representa la película más personal y comprometida de su director, la que Miyazaki imaginó como testamento autoral. Viendo el resultado, mencionar algunos de sus defectos, como el excesivo metraje de ciertas escenas, resultaría casi inoportuno por mi parte, pues la sensación final que deja la película es la de haber visto un trabajo redondo, inspirado en lo técnico, lo narrativo y lo personal. La obra de un genio en la cima de su carrera, hasta el punto de que Miyazaki, probablemente sin pretenderlo, contradice las palabras del propio Caproni: “una persona creativa da lo mejor de sí durante diez años”, le explica a Jirô en uno de sus sueños, “después de esos diez años debe dejarlo”. Hay excepciones para todas las reglas. 10

47 Ronin, la epopeya samurái vista por el cómic USA

19 marzo, 2014

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La leyenda de los 47 ronin vuelve a estar de moda merced a la (inefable) adaptación cinematográfica llevada a cabo por Hollywood. Pero este volumen de 150 páginas publicado por Planeta –recopilación de la miniserie de cinco números de Dark Horse Comics– poco tiene que ver con el blockbuster protagonizado por Keanu Reeves (gracias al cielo y a los “ocho millones de kamis”, he de añadir). De hecho, la aproximación a la historia es diametralmente opuesta: si la versión cinematográfica dirigida por Carl Rinsch era una suerte de abominación hipertrófica, la adaptación realizada por Mike Richardson y StanUsagi YojimboSakai es sutil, inteligente y decididamente respetuosa con un relato, mitad Historia mitad mito, que forma parte del imaginario cultural japonés. No en vano, el propio Richardson se encarga de citar el viejo dicho de que “conocer la historia de los 47 ronin es conocer Japón”.

El problema es que conocer la realidad en torno a dicho suceso no resulta tan sencillo. Los acontecimientos relativos a los 47 ronin, en efecto, sucedieron (las 47 tumbas de estos guerreros samuráis se pueden visitar en el templo Sengaku-ji, en Tokio), pero como ocurre con otros muchos eventos y personajes de la historia japonesa pre-moderna, los hechos saltaron inmediatamente a la narrativa popular: representaciones de kabuki, teatro de marionetas bunraku, poesía, grabados ukiyo-e, cuentacuentos… Todos contribuyeron a popularizar la hazaña de los 47 ronin casi desde el mismo día de los acontecimientos, pero también distorsionaron los hechos y a sus protagonistas, los exageraron, los deformaron y, en definitiva, los dramatizaron.

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En esencia, 47 Ronin narra la venganza llevada a cabo por los samuráis del señor feudal Asanao Takumi-Naganori después de que éste se suicidara por orden del shogún tras un conflicto con el funcionario Kira Yoshinaka. Según la historia, Kira, ofendido por las reiteradas negativas de Asano a pagar los sobornos a los que los funcionarios estaban habituados, tiende una trampa al señor de la provincia de Ako: conocedor del orgullo de los grandes daimios, aprovecha un encuentro privado en el palacio de los Tokugawa para humillar y provocar al señor Asano hasta que éste desenfunda su espada para hacerle callar, un gesto castigado con la muerte en la residencia del shogún. Esta es la premisa común a todas las adaptaciones de la leyenda de los 47 ronin, que posteriormente se centran en explicar cómo Oishi Kuranosuke Yoshio, jefe de los samuráis del señor Asano, entrega el castillo de su amo acatando la ley del shogún, sólo para consagrar el resto de su vida a la elaborada venganza que ha de restituir el honor de su señor.

Sobre esta historia base hay un sinfín de variaciones que ponen el énfasis en uno u otro aspecto del relato, hasta el punto de que resulta difícil conocer cómo sucedieron realmente los acontecimientos. Mike Richardson, guionista del cómic a la sazón que fundador de Dark Horse, aborda el proyecto, no obstante, con la devoción de un amante de la cultura japonesa en general y un devoto de esta leyenda en particular. Esto se traduce en que la versión de los 47 ronin que tenemos entre manos se cimienta en un amplio trabajo de documentación acometido por Richardson durante casi dos décadas, con el asesoramiento (intuimos que resignado) de un mito del manga: Kazuo Koike, autor de El lobo solitario y su cachorro, quizás el cómic de samuráis más importante de todos los tiempos, publicado en Estados Unidos precisamente por Dark Horse. Con esta sólida base documental, el guion elaborado por Richardson dibuja una versión estilizada de los acontecimientos, carente de histrionismo y grandes exageraciones, pero con una idealización de los personajes y de la figura del samurái digna de los manuales de Yamaga Soko. Nada que achacarle, pues no estamos ante un trabajo de reconstrucción histórica, sino ante un relato de ficción que busca entretener al tiempo que es consecuente con la supuesta realidad de los acontecimientos.

Sin embargo, donde el guionista no ha querido hacer concesiones es a la hora de recrear con total fidelidad los ambientes y detalles del Japón del periodo Edo: arquitectura de los castillos, escenarios interiores, el emblema de los clanes, el aspecto de los ciudadanos de la gran metrópolis feudal, sus usos a la hora de vestir, de desenvolverse… incluso sus poses a la hora de sentarse o de comer. Todo ello debía estar recreado de manera minuciosa y fidedigna. Creo no equivocarme si digo que fuera de Japón sólo existe un autor con un conocimiento tan profundo del periodo histórico y de la cultura samurái como pretendía Richardson, un autor que, para colmo, trabajaba en su propia editorial: Stan Sakai.

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El creador de Usagi Yojimbo no sólo aporta su experiencia a la hora de trasladar los ambientes y personajes del Japón feudal a la viñeta, sino que embebe todo el relato de su peculiar estilo narrativo, con ilustraciones próximas al cartoon y una cadencia pausada que nos permite deleitarnos en los matices de la historia y de los personajes. Apenas hay sangre en las páginas dibujadas por Sakai, la violencia se encuentra estilizada, carente de brutalidad o realismo, pero la expresividad de sus samuráis, la dignidad de sus rostros o la profunda determinación de sus acciones están representadas con una potencia sólo al alcance de un maestro de la sencillez. En esta época en la que el cómic norteamericano gusta de abusar de viñetas mastodónticas y splashpages, resulta casi balsámico toparse con la narración comedida de Stan Sakai. Especial atención al uso del código de colores, con una paleta dominante para cada estación del año, o a cómo cada capítulo comienza desde la perspectiva de unas ramas de cerezo, cuyas flores nos indican, igualmente, el periodo del año y el desarrollo de los acontecimientos. Atención también a las tres últimas viñetas del volumen; no desvelaré nada, pero cuántos ilustradores no hubieran optado por la espectacularidad para plasmar la escena, por un gran pin-up de lucimiento personal. Sakai, sin embargo, lo resuelve con absoluta sencillez, con viñetas pequeñas que te sobrecogen, con la aplastante potencia de la simplicidad.

No suele haber muchos buenos cómics de samuráis producidos en Occidente. 47 Ronin lo es, tanto por el respeto con el que aborda la leyenda japonesa como por la implicación personal de sus autores, que si bien pueden haber aprovechado el tirón comercial que aporta toda superproducción hollywoodiense, nos ofrecen un cómic que, a todas luces, no es un trabajo oportunista. 8

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Mike Richardson y Stan Sakai
Dark Horse Comics. Publicado en España por Planeta. Rústica, 152 páginas, color, 12,95 €

Battling Boy, semidiós en camiseta

18 febrero, 2014

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¿Qué nos sale si metemos en una batidora un panteón de dioses de reminiscencias nórdicas/metaleras, una nación azotada por oleadas de monstruos salidos de la nada cuales kaijus, un héroe pulp a medio camino entre Rocketeer y Batman, y al hijo de un dios enviado a otro mundo para combatir el mal, todo ello sazonado con un ritmo narrativo más propio del manga que del cómic USA? Pues nos sale Battling Boy, la nueva y muy personal obra del polifacético Paul Pope, que lo mismo te escribe 100% que te diseña una línea de ropa.

Por si aún no os imagináis de qué va Battling Boy, os diré que se desarrolla en una ciudad-nación llamada Arcópolis, asediada por sucesivas oleadas de monstruos que obligan a vivir a su población en un estado de terror y casi permanente toque de queda. La única arma eficaz para combatir este ejército carente de objetivo o cabeza visible es el guerrero local Haggard West, una suerte de trasunto de varios héroes de la literatura pulp que ha conseguido, merced a sus habilidades y peculiar arsenal, establecer una línea de defensa para la ciudad. Lamentablemente, West cae fulminado en la primera escena de esta historia, con lo que los habitantes de Arcópolis parecen abocados a su extinción. Hasta que hace acto de presencia un nuevo tipo de héroe, uno muy distinto al que hasta ahora dirigían sus plegarias: un muchacho de 13 años de aire desenvuelto y look muy a lo factoría Disney.

Lo cierto es que ya habíamos saboreado los distintos ingredientes de Battling Boy, pero nunca los habíamos probado todos juntos. El héroe local caído y su joven sidekick que intenta tomar su lugar, el país bajo asedio, un superhéroe descendido de los cielos, unos malvados que ocultan intenciones más complejas que el simple caos aparente… Parecen retazos de distintas historias, pero están remendados con un hilo que habitualmente hace que todo case: el humor, el no tomarse nada en serio. Y es que Battling Boy también tiene algo de serie de Cartoon Network.

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Hacía tiempo que no leía un cómic que apostara tan a fondo por el factor lúdico. No hay dobles ni triples intenciones, ni más capas de lecturas que las evidentes (y el que las encuentre que lo deje ya, porque está sobreinterpretando). A grandes rasgos, Battling Boy es un helado al que su autor le ha echado todo lo que le gusta: chocolate, sirope de fresa, especias y virutas de colores. Quizás la mezcla no sea de tu gusto, quizás no sea el alimento más equilibrado, pero vive Dios que tiene personalidad y pega duro. Y al mismo tiempo, si eres capaz de paladear todo lo que hay bajo la costra de caramelo, encuentras una fórmula depurada y de textura agradable, como la de un buen artesano italiano.

Todo ello convierte a Battling Boy en un rara avis dentro del mercado del cómic norteamericano. Incluso cuando las editoriales dejan a sus autores libertad creativa, estos tienden a ceñirse a una serie de patrones habituales en la industria, bien sea porque la supuesta libertad no es tanta, bien porque hay que ofrecerle al público algo similar a lo que está acostumbrado. Es fácil, hojeando un cómic, ver a qué tipo de lector está orientado. No pasa eso con esta obra; tras leer este primer volumen que abarca la mitad del primer arco argumental, aún no sé si está dirigido a treintañeros que crecieron con los cómics de superhéroes, a chavales que quieren la acción directa y colorida de Hora de Aventuras, al indie que disfruta de la fórmula Scott Pilgrim o al cincuentón que aún recuerda con nostalgia el cómic pulp de Doc Savage… Bueno, quizás a éste no, pero os aseguro que Battling Boy es disfrutable por lectores que pueden ir desde los 15 a los 30 y pico años, y lo mejor es que resulta así por su propia idiosincrasia, no por un cálculo de mercadotecnia. Incluso si sois de los que no os conformáis con el mero entretenimiento y buscáis trasfondos sólidos y personajes complejos, puede que el trabajo de Pope os sorprenda, porque nada resulta tan evidente ni tan cliché como pudiera parecer en un principio.

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Respecto al estilo visual de la obra, reconozco que el trazo deshilachado de Pope, que tanto recarga algunas viñetas, no fue lo que más me sedujo cuando hojeé el volumen en la librería. Pero poco a poco, según pasaba las páginas, me iba encontrando más cómodo en ese mundo de colores planos y diseños de personajes que oscilan entre lo paródico, lo pop y lo épico. Y más allá de tus preferencias personales en cuanto a ilustradores, hay que reconocer que Paul Pope tiene un don para componer páginas y dotarlas de un ritmo endiablado, tanto que la narración secuencial te absorbe pese al pequeño formato del volumen publicado por DeBolsillo. A este respecto sólo criticaré la labor de rotulación: por algún ignoto motivo, la editorial española ha decidido emplear una fuente diferente a la original, no sólo más fea, sino también más difícil de leer. Y si exigimos fidelidad en los formatos y las traducciones, no sé por qué no debería exigirse también en la rotulación. Sobre todo cuando se cambia para peor.

Y ojo, aunque no lo ponga por ninguna parte, el volumen que nos ocupa no es una novela gráfica, sino la mitad del primer arco argumental. Tirón de orejas a los editores que siguen sin dar toda la información al lector, no vaya a ser que se retracte de la compra al descubrir que no tendrá la historia completa. Pero más allá de maniobras editoriales censurables, bien por DeBolsillo y su apuesta por ir trayendo cómics independientes que, de otro modo, puede que no encajaran en el catálogo de las editoras especializadas. 7

Battling Boy (1 de 2)
Paul Pope
First Second Books. Publicado en España por Debolsillo. Rústica, 202 páginas, color, 14,95 €

The Private Eye: doble vistazo al futuro

31 marzo, 2013

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No suelo reseñar cómics que hayan publicado una sola entrega, por la sencilla razón de que 32 páginas apenas dan para exponer el contexto narrativo, presentar algunos personajes y, si el autor es hábil, plantear una buena premisa que nos deje con ganas de más. Hago una excepción, sin embargo, con The Private Eye, ante el riesgo de que esta colección que tan buenas maneras apunta en su primer número se le pase por alto a muchos lectores. Así que quiero poner mi granito de arena para difundir la iniciativa y que los autores obtengan las ventas suficientes para completar los 10 números planificados. No (sólo) por amor a los cómics bien hechos, ¡sino porque quiero averiguar adónde va a parar esta historia!

Vayamos por orden: The Private Eye es un proyecto personal del guionista Brian K. Vaughan (Y: El último hombre) y el ilustrador español Marcos Martín (Amazing Spiderman, Dare Devil), publicado directamente por sus creadores en formato online, sin mediación de editorial alguna, y pudiéndose pagar por su descarga el precio que uno considere oportuno. Simplemente tenéis que ir a la web de panelsyndicate.com, elegir el idioma de descarga (entre español, inglés o catalán), seleccionar vuestro formato de archivo preferido (PDF, CBR o CBZ) y pagar lo que queráis/podáis (0,01$ mínimo). El archivo que descargaréis no tiene DRM, es decir, podréis copiarlo o pasárselo sin problemas a cualquiera, pero me parecería un poco rastrero piratear a unos autores que te están pidiendo que pagues lo que consideres justo, aunque sólo sea 1 céntimo de dólar. En mi caso pagué 1,5$ (llamadme espléndido), pero por alguna parte he leído que Vaughan y Martín se darían más que satisfechos si la mayoría de los lectores pagaran 99 céntimos por ejemplar.

Teniendo en cuenta que las editoriales están pidiendo 2,69€ (3,45$) por sus novedades mensuales de 23 páginas, me parece que un dólar es un precio más que razonable dada la calidad del producto. Además, este modelo de negocio, si funciona, supone múltiples ventajas para las partes implicadas. Para el lector, que es lo que nos preocupa, supone una ventaja evidente (la económica) y otra menos obvia: la de poder leer un cómic libre de las cortapisas que impone la industria. Tenemos la creatividad sin trabas que se obtiene comprando obras autopublicadas, pero con la garantía de estar realizada por autores de prestigio.

Si esto es (o no) el futuro de la industria es un debate más complicado de lo que pudiera parecer: para empezar, ni B.K. Vaughan ni Marcos Martín serían autores reconocidos si no hubieran publicado previamente en Marvel o DC, así que no nos apresuremos a sacar a las grandes editoriales de la ecuación. Es evidente que ambos pueden permitirse esta aventura por el prestigio y popularidad que han obtenido trabajando para los “publishers” clásicos, pero es posible que empecemos a vislumbrar un nuevo modelo de industria, uno en el que conviven dos tipos de publicación: los trabajos que los autores hagan para las grandes editoriales (más caros y con mucho márketing detrás) y los proyectos personales que publiquen por su cuenta, destinados a un público más maduro y minoritario. La tecnología de distribución digital lo hace posible, y Martín y Vaughan no son los primeros en explorar esta vía: ahí tenemos por ejemplo a David Lloyd con su revista digital Aces Weekly, que según dijo hace algunas semanas, pretende lanzar también en español próximamente.

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Pero dejando al margen su más o menos innovador modelo de negocio, ¿qué podemos decir de The Private Eye como cómic? Muchas cosas buenas. Nos encontramos ante un escenario de ciencia ficción mejor concebido y desarrollado que el de otras incursiones en el género que hemos podido leer últimamente, ofreciéndonos una visión improbable de lo que está por venir, pero cargada de lucidez e interesantes reflexiones que conectan con obras recientes como la televisiva Black Mirror o la literaria Ready Player One.

El guión de Brian K. Vaughan nos traslada a un futuro completamente analógico donde la tecnología digital e Internet han sido erradicados. Pero no imaginéis un paisaje involutivo. Seguimos estando ante una sociedad futurista, con los habituales avances en ingeniería, mecánica, arquitectura… pero en la que se ha dado por completo de lado a la tecnología de la información, puntal de nuestra revolución tecnológica durante las últimas dos décadas. ¿Los motivos? Los tendréis que descubrir por vosotros mismos en este primer número, pero digamos que nunca llueve a gusto de todos.

En este escenario las personas han desarrollado una obsesión por mantener su privacidad a toda costa, lo que les ha llevado a utilizar todo tipo de disfraces y máscaras (llamados “ónimos”) en la vida cotidiana, en un intento de preservar su verdadera identidad por más inocente que sean sus acciones. Así mismo, los periodistas (el Cuarto Poder) se han convertido en una especie de policía de la intimidad que vela porque el tráfico de información sea controlado y ortodoxo, siendo los medios de comunicación los únicos que pueden ejercer la difusión de noticias.

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Para dar forma a este mundo, Vaughan se apoya en los lápices de Marcos Martín, que diseña un futuro de líneas limpias y elegantes en lo arquitectónico, contrastando con interiores de aspecto más cotidiano y orgánico (libros de papel, teléfonos con cable, discos de vinilo…) y un diseño de personajes denso, con gran variedad de apariencias merced a los extravagantes disfraces que dan forma a las multitudes. La mezcla de suaves líneas en los escenarios con las eclécticas multitudes dejan un retrogusto al estilo de Humanoïdes Associés, el consorcio de artistas franceses amantes de la sci-fi que fue artífice de la creadora de tendencias Metal Hurlant, revista en la que destacó la visión de Jean Giraud “Moebius”. En el aspecto visual, The Private Eye es un cómic sofisticado y elegante, redondeado con el acierto de mantener un formato apaisajado, más idóneo para su lectura en pantallas, puesto que su distribución es exclusivamente digital.

Vemos, por tanto, como el relato nos traslada a una sociedad en la que se ha sobrecorregido los vicios de la actual era de la información, como la difusión de noticias (y bulos) a través de Internet antes de contrastarse, la creencia de que cada ciudadano con un móvil es un reportero, que la opinión mayoritaria es superior a la opinión formada, o en la que la frontera entre lo íntimo y lo privado se ha desdibujado a través de las redes sociales.

Lo paradójico de este mundo es que, sin embargo, incurre en muchos de los vicios de nuestra sociedad contemporánea: las máscaras utilizadas para preservar la intimidad también permiten conformar personalidades que no son ciertas (como un avatar de Internet), y la gente paga a detectives (paparazzi) para saber qué fue de personas de su pasado, como esa chica del instituto que fue nuestro primer amor y de la que nunca más volvimos a saber. Vemos cómo se repiten muchos de los comportamientos disfuncionales de Internet pero en la vida real, bajo lo que parece subyacer la reflexión de que el problema no es de la herramienta, sino del que la utiliza.

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Aunque quizás sea pronto para sacar conclusiones sobre el currículum oculto de la historia. Por ahora, en el primer número, además de mostrarnos el peculiar escenario donde se desarrolla el relato, los autores nos presentan a un protagonista enfrentado al sistema (como debe ser en este tipo de historias) que se gana la vida como paparazzi que comercia con la intimidad ajena, y que vive con un abuelo senil criado en la actual era digital, adicto aún a las redes sociales y a la desaparecida Internet (en lo que es uno de los momentos más cínicos y brillantes de este episodio inicial). El detonante de la trama quizás sea lo más convencional de estas 32 primeras páginas, pero ejerce su papel de empujarnos a seguir adelante y nos deja con ganas de saber más sobre este extraño mundo.

El conjunto, en definitiva, es una gran overtura que, además de plantear una buena historia con un buen personaje protagonista en un escenario sumamente original, se permite hacernos reflexionar sobre a dónde nos lleva esta era de la información y la interconexión desaforada que no parece tener fin. Lo que riza el rizo, sin duda, es el hecho de que la obra sólo se distribuya en formato digital. ¿No os parece una deliciosa ironía?

The Private Eye
Brian K. Vaughan y Marcos Martín
Autopublicado en formato digital (idiomas español, inglés y catalán). 32 páginas, color, precio a determinar por el lector (desde 0,01$)

Batman: La Noche de los Búhos

9 marzo, 2013

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Este mes concluye la publicación en España de La Noche de los Búhos, primer arco argumental protagonizado por Batman en el ‘nuevo Universo DC’, así que va siendo hora de hacer balance y valorar detenidamente el trabajo realizado por Scott Snyder al frente de uno de los dos personajes más icónicos de la editorial. Vaya por delante que la historia que tenemos entre manos ha sido ensalzada tanto por el público como por la crítica, hasta el punto de que no pocos la han señalado como el mejor cómic publicado durante 2012. Por mi parte, y reconociendo muchas de sus virtudes, no me parece ni siquiera el mejor cómic publicado por DC durante el pasado año, dejándome la sensación de que este entusiasmo generalizado hacia el trabajo de Snyder y Greg Capullo responde más bien a su contraste con el bajo tono medio que sufre el cómic de superhéroes en general, y no tanto al hecho de que este primer arco argumental se pueda elevar a la categoría de un nuevo hito en la trayectoria del Hombre Murciélago, como algunos insisten en señalar.

La Noche de los Búhos es, desde luego, un buen comienzo; un cómic que recupera al Batman astuto y detectivesco de la mejor etapa de Alan Grant (si nos quedamos con el Batman de los 80 y 90), 0 al de los mejores guiones de Paul Dini y Greg Rucka (si nos fijamos en décadas más inmediatas), pero está muy muy lejos de las obras firmadas por gente como Alan Moore, Frank Miller o Grant Morrison… incluso de otras que, sin apuntar tan alto, sí han supuesto un referente reconocible en la historia reciente del personaje, recuperando valores como un sofisticado gusto por el surrealismo estético. Sí, me refiero a El Largo Halloween, del muy desconcertante (por irregular) Jeph Loeb. Estas comparaciones, de hecho, me parecerían por completo innecesarias si no fuera porque muchos entusiastas han insistido en colocar el trabajo de Snyder a ese nivel.

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Pero lo que nadie podrá achacarle a este equipo creativo es el haber pecado de falta de ambición. Snyder y Capullo inauguran la nueva continuidad del personaje con una historia que aspira a crear un elenco de enemigos digno de esta nueva etapa, además de buscar un golpe de efecto final de esos que dejan al lector sin aliento. Y en pos de esa empresa hacen muchas cosas bien, como la creación de un adversario abstracto, inaprensible, de esos que no puedes derrotar sólo con los puños, en la mejor tradición del personaje. Pero en su virtud radica también su defecto, y es que resulta difícil de creer que la existencia del Tribunal de los Búhos pudiera pasársele por alto a alguien tan metido en las tripas de Gotham como Batman. Supongo que es el problema de trabajar con un personaje cuyo pasado ha sido explotado hasta el más mínimo detalle; por más que intentes engrasarlos, cuando introduces nuevos elementos en su trasfondo algo chirría inevitablemente.

Aun así, aunque apliquemos la recurrida suspensión de la incredulidad, nos encontramos con otro problema que, muy probablemente, viene dado por imperativo editorial. Esta vez no es un chirrido de planteamiento, sino de desarrollo: la necesidad de implicar a toda la familia batmaniana (robins, nightwings, capuchas rojas, batgirls…) en el desarrollo de la trama. Aquí nos topamos con la decisión de ECC (juzgad vosotros si acertada o no, yo no tengo ganas) de incluir en las grapas españolas todos los crossovers de la saga, aunque pertenezcan a cabeceras que aquí no se publican. El resultado es que La Noche de los Búhos adolece de numerosos capítulos de vulgar relleno, con largas escenas de combate que no aportan nada al desarrollo y que provocan un inevitable bajón de calidad en el conjunto global. Durante la lectura uno no puede sustraerse a la idea de que, sin estos condicionantes editoriales, Scott Snyder podría haber abordado una trama más redonda, incluso más ambiciosa en su conclusión, pues al final parece desdecirse de algunos de sus principales golpes de efecto (tranquilidad, esta es una reseña spoiler free).

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De cualquier modo, y para no parecer incongruente con la valoración final, he de decir que a grandes rasgos este primer arco argumental posee una trama bien planteada, sin fisuras argumentales y con un desarrollo narrativo realmente entretenido (como es habitual en el autor). Además, cumple con la aspiración de aportar nuevos elementos a la mitología gothamita, algo que no muchos pueden decir, y tiene la incontestable virtud de contar con Greg Capullo a los lápices, probablemente el tipo que mejor ha dibujado a Batman en mucho tiempo. Tras concluir su lectura, lo peor es el regusto de que la historia ha sido penalizada por los constantes cruces con otras series, que se han traducido en un exceso de insulsas escenas de acción que han impedido dar más pábulo a la batalla psicológica del protagonista, con diferencia lo mejor del cómic (la escena del Caballero Oscuro perdido en el laberinto de los búhos es de antología). Sin esos lastres, quizás estaríamos hablando de un cómic bastante mejor. 7