Archive for the ‘Cine y series’ category

‘Los Guardianes de la Galaxia’: space opera a ritmo ochentero

17 agosto, 2014

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Marvel inaugura franquicia cinematográfica y vertiente narrativa con Los Guardianes de la Galaxia. Aquellos que estén familiarizados con la otra Marvel, la que hace cómics, sabrán que el universo de la editorial norteamericana tiene dos grandes vertientes o escenarios: el más mundano, cuyas historias se desarrollan fundamentalmente en Nueva York y en el que se mueven personajes como Spiderman, los X-Men, Daredevil y un largo etcétera; y la vertiente cósmica, que durante muchos años estuvo esencialmente ligada a los 4 Fantásticos pero que, con el paso de las décadas, se convirtió también en terreno habitual de otros personajes, como Los Vengadores o los propios X-Men. El tema de Asgard y la vertiente mística de la editorial mejor los dejamos para otro día.

El caso es que la mitología cósmica marvelita siempre fue profusa y dio lugar a varias buenas historias (por si alguien tiene interés, aquí la reseña de El Guantelete del Infinito, saga escrita por Jim Starlin que se prevé esencial para comprender lo que está por venir en la gran pantalla). No era cuestión de que ese filón siguiera sin explotar, y Los Guardianes de la Galaxia ha sido la franquicia elegida para adentrarnos en este nuevo escenario. La decisión ha sido bastante más astuta de lo que pudiera parecer.

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Ronan, el acusador. Primer kree en una peli de Marvel.

Para empezar, Los Guardianes son un grupo bastante menor en el imaginario de la Casa de las Ideas (publicado por primera vez en 1969, reimaginado en 2008 con la formación que aparece en el film), con muy pocas implicaciones respecto a lo que se ha visto de Marvel hasta ahora en el cine, de modo que el espectador medio puede asistir a la función sin tener la sensación de que está viendo la enésima película de superhéroes. Los guiños marvelitas están ahí para quien quiera/pueda pillarlos, pero son absolutamente prescindibles. Esto permite a la productora expandir su universo cinematográfico, hasta ahora constreñido por la figura del superhéroe, y adentrarse en el terreno de la aventura espacia.

Porque eso es Los Guardianes de la Galaxia, una space opera con poca ambición y mucho descaro. El director y coguionista, James Gunn, no se molesta en disimular los referentes: un mucho de Star Wars y Firefly, un poco de la nueva Star Trek, incluso una pizca de Mass Effect (con tanto romance interracial y planeta tipo La Ciudadela), todo ello sazonado con la nostalgia ochentera que parece cubrir Internet y encajado en el molde creado por la productora que requiere mucha acción y comedia. Incluso la trama, que gira en torno a la búsqueda “del Orbe”, repite la premisa de buenos-y-malos-buscan-objeto-todopoderoso repetida en varias pelis de la casa. El caso es que todo encaja y funciona de maravilla.

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Los Guardianes de la Galaxia no es ningún clásico, pero como película de verano funciona a la perfección. Es sumamente entretenida, espectacular como la que más, el guion tiene oficio y no insulta la inteligencia del espectador, incluso se permite darle a sus personajes una dimensión “humana” (nótese la ironía del término en este caso) de la que carecen la mayoría de los blockbusters. Quizás no sea tan carismática ni tan graciosa ni tan espectacular como Los Vengadores (para mí, sigue estando en la cima junto con Iron Man), pero es una más que digna representante de su casa. Habemus franquiciam, y yo que me alegro. Por cierto, al final de los créditos hay “huevo de pascua” (jojo). 7

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Hayao Miyazaki y el viento que no cesa

8 mayo, 2014

El viento se levanta - cartel

En la cultura japonesa, el shokunin es aquel artesano que, dedicado por entero a su oficio, es capaz de sublimarlo hasta convertirlo en arte. Hay mucho de shokunin en la forma de trabajar de Hayao Miyazaki y del estudio Ghibli, en esa obstinación por mantenerse fiel a la animación tradicional, por seguir dibujando plano a plano cuando el resto de la industria considera la técnica demasiado costosa y obsoleta. Pero el señor Miyazaki no tiene problemas en demostrar, una vez más, cuán equivocado está el resto del mundo: apoyándose en un viejo arte que los animadores de Ghibli, podemos decirlo ya, dominan como nadie nunca antes, el director japonés nos regala con El viento se levanta una película hermosa a todos los niveles. Una película que sirve, además, como testamento creativo de un genio del cine.

Indistintamente de que ésta sea en efecto la despedida de Hayao Miyazaki, o que, como sucediera en anteriores ocasiones, el director decida dar marcha atrás y rodar una nueva última película, es evidente que Miyazaki condensa en el film gran parte de su filosofía de vida como autor. Pretende dejar su mensaje para los que están por venir, y en ese aspecto la película rezuma la profundidad y la melancolía de una despedida sincera. Titulada con los versos de un poema de Paul Valéry,  El viento se levanta entronca con el nombre del propio estudio fundado por el autor (“ghibli”, como llamaban los italianos al viento que sopla en el Sáhara), que a su vez hace referencia al Caproni CA.309 Ghibli, avión diseñado por el ingeniero Giovanni Caproni que en esta película hace, ni más ni menos, que de guía espiritual del protagonista, Jirô Horikoshi.

 THE WIND RISES. © 2013 Nibariki - GNDHDDTK

Hay una intención manifiesta del autor de cerrar el círculo, y lo que en un principio podía confundirse con el biopic del ingeniero que diseñó el caza Zero, el avión japonés más (tristemente) popular de todos los tiempos, acaba por ser un canto a la vida protagonizado por un personaje que tiene mucho del propio Miyazaki. El viento se levanta no sólo nos narra las vicisitudes de este muchacho que soñaba con volar y que terminó por convertirse en el ingeniero aeronáutico más importante de Japón, también realiza una panorámica de la profunda evolución de la sociedad japonesa durante la década previa y los años posteriores a la II Guerra Mundial, un país que (como Alemania) ligó su desarrollo tecnológico a la industria bélica y cuya población sufrió las duras consecuencias de las ambiciones militaristas. Miyazaki, que suele trasladar sus películas a mundos de fantasía que funcionan en sentido alegórico, no esquiva aquí ningún aspecto histórico: sus personajes admiran la tecnología alemana, critican las aspiraciones expansionistas de su gobierno, conviven con la miseria ocasionada por la Gran Depresión y son testigos de la Noche de los Cuchillos Largos en Berlín. Una recreación de la realidad que resulta novedosa en el cine de Miyazaki y que le ha valido no pocas críticas en Japón, procedentes sobre todo de los sectores más nacionalistas.

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Pero todo ello no es sino el trasfondo de la verdadera historia que Miyazaki quiere contar, que no es otra que el amor de Jirô hacia los aviones. Un amor que, en su contexto vital, le lleva a poner su talento al servicio de la Armada Imperial Japonesa, del mismo modo que Miyazaki ha podido ponerlo al servicio del cine. Es este el mensaje esencial de la película y del poema de Valéry, varias veces recitado a lo largo de la cinta: cuando el viento se levanta debes desplegar las alas y dejarte llevar. Lo verdaderamente importante es aprovechar ese impulso vital, creativo; después, donde la vida te lleve, es algo que está fuera de tu control. Nuestro único pecado sería no atrevernos a levantar el vuelo, porque el viento no sopla para siempre.

Jirô Horikoshi vive apurando esos momentos en los que el viento sopla para él, aunque este viento le lleve, por una parte, a diseñar aviones de guerra y, por otra, a amar a una mujer enferma de tuberculosis. Decisiones que marcarán su vida pero de las que jamás podrá arrepentirse, pues las toma siendo fiel a sí mismo y a sus sentimientos. Una hermosa lección vital que subyace a lo largo de toda la película y que queda plasmada, de manera especialmente emotiva, en la relación de Jirô con la chica que se convertirá en su esposa, y que constituye una de las historias románticas más hermosas, sinceras y carentes de impostura que he visto en el cine en mucho tiempo. Una historia de amor que por su sencillez y honestidad recuerda a esos siete primeros minutos de Up, y hace que te preguntes, una vez más, si hay algún registro en el que Miyazaki no raye alto.

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En lo referente al aspecto visual, sólo se puede decir que ver El viento se levanta en una sala de cine es una auténtica delicia para todos aquellos que hemos crecido entre cómics y dibujos animados. La belleza plástica de escenas como el terremoto de la región de Kanto te deja clavado a tu butaca y te hace preguntarte por qué alguien, en algún momento, decidió que ya no merecían contarse así las historias. Sin técnicas de captura de movimiento, ni croma ni iluminación dinámica por ordenador, tan sólo un equipo de dibujantes, como el maestro Kazuo Oga, apoyándose en sus tintas y su experiencia para recrear unos escenarios y unos personajes como ya sólo Ghibli puede ofrecernos. Y es esa certeza, la de que ya nadie invertirá tanto tiempo y esfuerzo en animar como se hacía el pasado siglo, lo que convierte cada nueva producción de Ghibli en una delicatessen a saborear lentamente.

No se queda atrás el apartado sonoro, no sólo porque Joe Hisaishi, autor de las bandas sonoras de todas las películas de Miyazaki, vuelva a brindar una partitura delicada, profunda, de aires meditarráneos como ya hiciera en Porco Rosso, o por la hermosísima canción que cierra los títulos de crédito, Hikoki gumo (“estelas de vapor”) de Yumi Arai, sino también por la peculiar apuesta del director por que todos los efectos de sonido del film, en especial la infinidad de ruidos producidos por los aviones, desde sus motores hasta sus aspas y timones, estén recreados vocalmente como si de una suerte de beat box se tratara. Es decir, tal como el propio Jirô los imaginara en su infancia, cuando soñaba con los aviones pero nunca había podido ver o escuchar uno de cerca.

El viento se levanta es, probablemente, la cumbre técnica del estudio japonés, al tiempo que representa la película más personal y comprometida de su director, la que Miyazaki imaginó como testamento autoral. Viendo el resultado, mencionar algunos de sus defectos, como el excesivo metraje de ciertas escenas, resultaría casi inoportuno por mi parte, pues la sensación final que deja la película es la de haber visto un trabajo redondo, inspirado en lo técnico, lo narrativo y lo personal. La obra de un genio en la cima de su carrera, hasta el punto de que Miyazaki, probablemente sin pretenderlo, contradice las palabras del propio Caproni: “una persona creativa da lo mejor de sí durante diez años”, le explica a Jirô en uno de sus sueños, “después de esos diez años debe dejarlo”. Hay excepciones para todas las reglas. 10

Her: amor distópico

2 marzo, 2014

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La ciencia ficción no suele transitar el terreno de lo romántico, y si lo hace, es de manera tangencial. Por eso, cuando supe que la nueva película de Spike Jonze era un drama romántico de ciencia ficción, decidí marcar la fecha en el calendario a la espera de ver qué podía salir de una mezcla tan inusual. El resultado ha sido una de las producciones de ciencia ficción más lúcidas de los últimos años y una historia romántica sumamente original, capaz de empatizar con una gran parte del público, quizás contra todo pronóstico.

Her está protagonizada por Theodore (Joaquin Phoenix), un escritor que se gana la vida en una empresa dedicada a escribir correspondencia personal para sus clientes. Un hombre con enormes dificultades para expresar sus sentimientos pero con un gran talento para plasmar en hermosas cartas lo que otros sienten. Tras una traumática separación de su mujer de toda la vida, Theodore se haya vagando a la deriva en una sociedad hiperconectada al nivel más superficial, pero en la que los momentos de verdadero contacto emocional son extraordinariamente raros.

Habituado a relacionarse casi en exclusiva a través de la membrana de la tecnología y las redes sociales, todo cambia el día que llega a su vida Samantha. ¿Una nueva compañera de trabajo, una chica que se muda a la puerta de enfrente? No, Samantha es la inteligencia artificial integrada en su nuevo sistema operativo. Una OS  de última generación (con la voz de Scarlett Johansson, que todo suma) capaz de interactuar con el usuario a todos los niveles, más allá del meramente funcional. La relación cómplice que se crea entre ambos trastoca la vida de Theodore y le hace salir, por primera vez en mucho tiempo, del lodazal emocional que lo estaba engullendo.

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A partir de aquí, todo dependerá de si eres capaz de conectar o no con la propuesta del director y guionista. Si crees en la relación que se establece entre Theodore y Samantha, Her es una película conmovedora que te implica en los vaivenes de este peculiar romance, que te hace sonreír en sus momentos dulces y te entristece en los más agrios. Si no conectas, sin embargo, si por cualquier motivo no crees que un hombre pueda enamorarse de una personalidad sintética, entonces los momentos de narración contemplativa, tan del gusto de Spike Jonze, pueden resultarte del todo exasperantes. Me he encontrado con opiniones a ambos lados de la línea.

En lo que a mí respecta, sólo puedo decir que me tragué el anzuelo por completo. Si suponemos que en un futuro a medio plazo puedan llegar a existir IAs capaces de superar el test Voight-Kampff, veo completamente razonable el que haya personas capaces de enamorarse de ellas. Más si tenemos en cuenta el nivel de aislamiento personal al que se dirige nuestra sociedad en la que, paradójicamente, cuantos más canales de comunicación nos ofrece la tecnología, más básica y superficial se torna nuestra manera de relacionarnos.

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A este respecto, hay un punto difuso en la historia escrita por Spike Jonze que puede condicionar por completo la valoración del personaje de Theodore. Todo depende de si crees que Samantha, como inteligencia artificial, estaba diseñada para satisfacer las necesidades de Theodore y adaptarse a sus gustos y expectativas (como da a entender el cuestionario inicial de configuración del sistema operativo), o de si ella realmente llega a enamorarse de él. ¿Es un amor simulado o real? En el primer caso, nos encontraríamos ante un Theodore que sólo es capaz de abrirse ante una “persona” que se pliega totalmente a sus necesidades, una especie de niño emocional incapaz de afrontar los riesgos de una relación real, justo de lo que lo acusa su ex-mujer. Sin embargo, si consideramos su relación con Samantha como algo auténtico, podemos entender que Theodore sólo necesitaba encontrarse lo suficientemente cómodo con alguien para dejar caer sus barreras y brillar con luz propia.

Para mí esta disyuntiva queda resuelta desde el momento en que Samantha intenta forzarlo a hacer cosas que ella necesita pero él rehuye, como introducir a una mujer en la relación que actúe como su avatar físico en sus encuentros sexuales, o quizás más esclarecedor, cuando el personaje interpretado por Amy Adams comenta que un amigo también se ha enamorado de su OS pero ésta le da calabazas, o que una compañera del trabajo está saliendo con el OS de otro usuario. Es decir, estas inteligencias sintéticas realmente gozan de libre albedrío, lo que, desde mi punto de vista, resulta el aspecto más inverosímil del guion.

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De cualquier modo, creo que el gran mérito de Spike Jonze es lograr normalizar en pantalla una historia que, sobre el papel, podía resultar poco creíble. Hay momentos brillantes en Her, retazos de verdadera humanidad que te hacen creer que cualquiera podría enamorarse de Samantha, y a ello contribuye el gran trabajo de ambos actores, en especial de un Joaquin Phoenix inconmensurable y versátil, capaz de insuflar vida a cualquier personaje.

Y por si alguien se lo preguntaba, no creo que haya moralejas ni metáforas en Her, no creo que la intención del director vaya más allá de contarnos una rara y hermosa historia de amor. Es cierto que el paralelismo con nuestra forma de usar la tecnología está ahí, pero creo que el director lo aprovecha para que entremos en su juego, para que su propuesta no nos parezca tan ajena, más que para intentar advertirnos sobre algo. Y eso hace de Her una película aún mejor.  8

El tráiler de Guardianes de la Galaxia arrasa en YouTube

25 febrero, 2014

El tráiler oficial de Guardianes de la Galaxia, la superproducción de Marvel para el próximo verano, ha superado los ¡12,5 millones de visitas en menos de una semana! Parece que la fórmula de no tomarse demasiado en serio y mezclar superhéroes con humor sigue dando resultado. Y eso que estamos hablando de uno de los grupos menos conocidos de la editorial neoyorquina.

Marvel/Disney y DC/Warner: dos maneras de entender el cine de superhéroes

12 mayo, 2013

El Mandarín esconde un secreto que no ha gustado a todo el mundo.

La tercera entrega cinematográfica de Iron Man, pese a la disparidad de opiniones que ha suscitado entre el fandom (no así entre la crítica, a la que parece haberle caído en gracia),  se ha convertido en un magnífico ejemplo de lo que podemos empezar a considerar el estilo Marvel de hacer cine.Y es que la veterana editorial neoyorquina, reconvertida en exitosa productora que sigue publicando cómics por mera tradición, parece haber decidido que sus últimas adaptaciones tengan un tono común basado en la desdramatización, el espectáculo díscolo y el sentido del humor. Bajo esta propuesta, que dio comienzo con la primera Iron Man y parece haber alcanzado su cénit (al menos por ahora) con la estupenda The Avengers, subyace una visión bastante inteligente de cómo hacer cine de superhéroes, consistente básicamente en no tomárselo demasiado en serio. Al fin y al cabo, estamos hablando de gente en mallas, ¿no?

Esta visión honesta del material original ha permitido a Marvel mantener una apuesta principalmente lúdica que, en varios casos, está dando estupendos e inesperados resultados. Para empezar, porque no le han perdido el respeto al espectador y no han caído en el error, tan extendido hoy día en Hollywood, de confundir el cine palomitero con cine barato (y no me refiero al presupuesto). Parece que Marvel aprendió bien la lección en los 90 (cuando la fuga de talentos de las grandes editoriales de cómics supuso una debacle en ventas), y a sabiendas de que no basta un personaje popular  para vender el producto, ha puesto sus mayores producciones en manos de gente de la industria que conoce (y respeta) el material original, y que han sabido desbrozarlo de lo que no funcionaría en las salas potenciando aquello que sí encaja en el medio cinematográfico. Y entre los  artífices de esta adaptación de la viñeta al celuloide digital, nadie duda de que el nombre a destacar es el de Joss Wheddon, director de Los Vengadores y, a la sazón, consultor de cualquier película Marvel que se haga a partir de ahora.

Pocas veces un actor se ha hecho tanto (y tan bien) con su personaje como Robert Downey Jr. con Tony Stark...

Pocas veces un actor se ha mimetizado tanto con su personaje como Robert Downey Jr. con Tony Stark…

Los Vengadores debía ser el buque insignia de esta traslación a la gran pantalla del Universo Marvel, y alguien en Disney tuvo la sabiduría (o la suerte) de poner el proyecto en manos de un director con un impresionante sentido lúdico y una elegancia narrativa bastante infrecuente en el actual cine de aventuras. Así, Wheddon supo aprovechar lo que heredaba de sus predecesores, principalmente un buen elenco en el que destaca un arrebatador Robert Downey Jr., y aportar su propio sello de director/productor/guionista con pulso quirúrgico para diseñar gags y fastuosas escenas de acción. El resultado fue una de las mejores cintas palomiteras que se recuerda en años, con la rara virtud de gustar por igual al fan, a la crítica y al público medio. No es de extrañar que Marvel haya decidido que, a partir de ahora, ésta sea su Biblia y Joss Wheddon su profeta.

Y en el otro extremo del espectro tenemos a DC Comics/Warner y su pequeño milagro, que no es otro que lograr que volvamos a tomarnos en serio la figura del superhéroe atormentado. Para ser honestos, el logro es más bien de Chris Nolan y quizás (un poquito) de Zack Snyder, cuya adaptación de Watchmen es bastante mejor de lo que a todos nos pareció la primera vez que la vimos. ‘La Distinguida Competencia’ ha decidido humanizar a sus héroes, subrayar la solemnidad de su sacrificio y el sentido dramático de sus motivaciones, y lo ha logrado principalmente a través del oscurantismo épico de su trilogía Dark Knight, que ha devuelto el prestigio cinematográfico a un personaje defenestrado tras las aberraciones filmadas por Joel “el Enemigo Definitivo de Batman” Schumacher. Tan buenos resultados ha dado la fórmula, que la re-revisión de Superman que se estrenará el próximo mes de julio, The man of steel, mantendrá ese enfoque ‘shakespeariano’ de la figura del superhéroe, ofreciéndonos una visión más íntima y humana del kriptoniano. Y para mantener la coherencia con el tono que DC quiere dar a su nuevo universo cinematográfico, la producción ha corrido a cargo del ya mentado Chris Nolan (director de Dark Knight) con dirección del también mencionado Zack Snyder.

...o Heath Ledger con el Joker, que se apropió del personaje hasta el punto de hipotecarlo para futuras películas.

…o Heath Ledger con el Joker, personaje del que se apropió hasta el punto de hipotecarlo para futuras películas.

DC no está inventando nada nuevo con este enfoque, simplemente está aplicando un patrón que ya dio excelentes resultados en los cómics de los 80, consistente en ‘oscurecer’ a sus personajes y bajarlos al terreno de lo prosaico, siguiendo la línea de clásicos como Watchmen, Superman El Hombre de Acero, Born Again, o Batman: Año Uno.

¿Responden estas dos maneras opuestas de abordar la figura del superhéroe a la ruta trazada para sus personajes desde cada editorial, o son la consecuencia de los nombres elegidos para liderar cada proyecto? ¿Se contrató a Nolan porque DC quería dotar a sus películas de un tono más sombrío y melancólica, o el hecho de que se eligiera a Nolan es lo que, a la postre, ha conferido este discurso a las nuevas adaptaciones del Universo DC? En el caso de Marvel, parece más claro que fue antes el huevo que la gallina, pues en Iron Man y en otras producciones posteriores, como Capitán América: El Primer Vengador, ya se apreciaba esta tendencia más aventurera y desenfadada (incluso con toques de comedia), directamente heredada de la versión Ultimate del Universo Marvel, que es la que realmente se está adaptando al cine. Dejo fuera de la ecuación las pelis de X Men y Spiderman por pertenecer las primeras a Fox y las segundas a Sony-Columbia, por lo que Marvel no tiene más implicación en ellas que la cesión de los derechos. Algo de lo que ahora se deben estar lamentando muy mucho, por cierto.

En cualquier caso, debemos felicitarnos de que ambas propuestas estén dando buenos resultados, pues aunque algún que otro chasco nos hemos llevado por el camino, el balance general está siendo muy superior a lo que muchos nos hubiéramos atrevido a soñar hace unos años. Sin embargo, hay algo en lo que los productores de ambas casas deberían empezar a pensar: ¿cuánto tiempo se puede explotar el filón superheroico? ¿No es previsible que el espectador, a medio o largo plazo, se canse de la misma temática y personajes? Quizás va siendo hora de que Marvel y DC, como productoras, consoliden este sello ‘autoral’ que comienzan a mostrar y lo apliquen a otro tipo de historias, unas que no tengan que salir necesariamente de las páginas de sus cómics, dando lugar a nuevas propiedad intelectuales (IPs que las llaman ahora) desarrolladas específicamente para el cine, sin que tengan que ceñirse a la temática superheroica. Desde luego, poseen la capacidad de reinvención y el flujo creativo para hacerlo.

El Hobbit: Peter Jackson nos devuelve a la Tierra Media

28 diciembre, 2012
Agujero hobbit

En un agujero en el suelo, vivía un hobbit.

El Hobbit debe ser una de las películas con una acogida más dispar que recuerdo: en Metacritic se mueve entre el 58 de la crítica y el 84 del público, y algo similar ocurre en mi entorno inmediato: opiniones para todos los gustos en los blogs que frecuento o entre mis amigos cinéfilos, con calificativos que se mueven en el amplio espectro entre lo “apasionante” y lo “soporífero”. ¿Puede una misma obra provocar reacciones tan dispares? Parece ser que sí, pero seamos sinceros: a una gran mayoría del público El Hobbit le está gustando, lo dice la taquilla y lo dicen las puntuaciones en la principales webs que sirven de barómetro de los gustos de la audiencia (Filmaffinity, iMDB o la ya mencionada Metacritic).

¿Y qué opino yo? Pues un servidor opina que El Hobbit es cine de aventuras con MAYÚSCULAS, con un sentido del espectáculo perdido hace tiempo en Hollywood, y con una pasión artesanal por el detalle, algo que los realizadores han olvidado en su inmensa mayoría, deslumbrados por la pirotecnia de los efectos CGi. Y podría parecer que esto es incongruente hablando de una película tan repleta de efectos digitales como la que nos ocupa, pero no lo es: Peter Jackson sabe cuándo recurrir al ordenador y cuando fiarlo todo a las viejas artes del cine, a los paisajes a cielo abierto, al maquillaje y al decorado construido a mano. El Hobbit tiene textura, algo casi imposible de ver a día de hoy.

Los trolls ya hicieron su pétreo cameo en El Señor de los Anillos.

Los trolls ya hicieron su pétreo cameo en El Señor de los Anillos.

Pero vayamos por orden. ¿Qué ha provocado esta desafección de la crítica especializada hacia la cinta? Uno ha leído reseñas tan cruentas que, tras salir de la sala, le queda la sensación de que a Jackson se le esperaba con el cuchillo entre los dientes. La mayoría de ellas caen en el esnobismo habitual de la profesión, incapaz de disfrutar de una buena sesión de cine palomitero porque intentan imponer a estas películas los baremos del cine festivalero e intimista. Una pretensión ridícula que casi siempre viene de los mismos, aquellos que parecen estar de vuelta de todo y que sólo creen bueno lo que les gusta, despreciando los gustos del gran público por definición. Son los mismos que le pusieron un punto negro a Matrix o a la trilogía de El Señor de los Anillos (naff said).

Pero hay otra parte de la crítica, menos profesional y más blogueril quizás, que esperaban la nueva película de Jackson con genuino interés y que ha quedado irremediablemente desilusionada, a mi entender, por un desconocimiento del material original que se estaba adaptando. Aunque El Señor de los Anillos sea la secuela de El Hobbit, y aunque ambas compartan trasfondo y algunos de sus personajes, son novelas completamente diferentes en su concepción y estilo: El Hobbit es un cuento infantil o juvenil escrito para chavales de entre 9 y 12 años, mientras que la trilogía del anillo es un relato épico emparentado con las epopeyas clásicas: es La Ilíada del siglo XX, es el heredero bastardo de los mitos artúricos y germánicos, es la obra fundacional de todo un género, la Alta Fantasía.

La ambición y grandilocuencia con que está escrita El Señor de los Anillos está muy alejada del tono amable y bonachón de su predecesora, y eso se traslada perfectamente a su adaptación cinematográfica, lo que sólo puede ser considerado un demérito por aquellos que consideren que El Hobbit no era digna de ser adaptada como tal. Ver la película provoca unas sensaciones muy similares a las de leer la novela, incluido ese esquema característicos de los cuentos, con una constante concatenación de aventuras sin un momento de respiro, ese salir de las brasas para caer en el fuego. Por supuesto, el resultado es una película mucho más simple en tono y estructura, menor si la comparamos con El Señor de los Anillos, pero sobresaliente si la confrontamos a las últimas producciones de aventuras que nos venía ofreciendo la cartelera.

Martin Freeman, el mejor hobbit que hemos visto.

Martin Freeman, el mejor hobbit que hemos visto.

En última instancia, a Peter Jackson sólo se le puede achacar una extrema fidelidad a la obra de Tolkien. Rueda con la firme decisión de dejar atrás sólo aquello que es inevitable perder en el salto de un medio a otro, pero manteniéndose fiel al enfoque de los personajes, a la estructura del relato y al tono del mismo. Lo que nos lleva a otro de los aspectos más criticados: la decisión de rodar El Hobbit como una trilogía. A este respecto, se comete el error de coger la novela original al peso, compararla con El Señor de los Anillos, y concluir alegremente que ni de coña da para tres películas. Habría que decir que la narrativa empleada por Tolkien en cada obra es totalmente distinta, de manera que si El Hobbit estuviera novelada como ESDLA, daría perfectamente para dos libros de 600 páginas. Lo cierto es que en El Hobbit pasan muchas cosas, y si se pretende filmar la mayoría (que parece ser la idea de Jackson a juzgar por lo que se ve en esta primera entrega), sí resulta razonable su decisión de rodar tres películas. Los que no conozcan la obra original o no la recuerden bien, sólo tienen que echarle un vistazo al artículo de Wikipedia sobre la novela, y comprobarán que (ALERTA ESPOILER) entre secuestros, nigromantes que amenazan la Tierra Media, guaridas con tesoros, ataques de dragones, asambleas y traiciones, dos batallas épicas y numerosas localizaciones (FIN DE ESPOILER), queda una gran cantidad de metraje por delante.

En lo referente al tan comentado aspecto técnico, con los controvertidos 48 fps, sólo puedo concluir que todo tiene mucho más sentido cuando ves la película tal como la ideó el director. Entonces percibes con claridad la razón de ser de esos 48 fps, que es que el 3D se vea bien de una puñetera vez. Personalmente, he huido de las 3D como alma que lleva el diablo, no sólo porque lo considere un sacacuartos, sino porque empeora objetivamente la percepción visual de la proyección, de modo que sólo se ve con nitidez el plano en relieve mientras que el resto del fotograma queda borroso y oscurecido.

Sin embargo, la gente de Weta Digital ha conseguido que, por primera vez, esta técnica funcione como debería haberlo hecho desde un principio. Muy por encima de la deficiente tecnología 3D de Avatar, en El Hobbit todo lo que hay en la imagen se ve con una nitidez pasmosa, eliminando por completo ese filtro borroso que la estereoscopia provocaba. El ojo no se fatiga y, ciertamente, se logra una mayor inmersión en la imagen. El problema es que cuando la peli se ve sin 3D y a 24 fps, provoca un efecto apastelado en la imagen que da sensación de cartón piedra. Por todo ello, El Hobbit puede ser la primera película en la que el 3D suponga un valor añadido a la proyección, y no una merma (económica y visual) para el espectador.

Si no habéis leído la novela, no entenderéis qué hace Gandalf charlando con un oso.

Si no habéis leído la novela, no entenderéis qué hace Gandalf charlando con un oso.

A la vista de determinadas opiniones, uno sólo puede concluir que la nueva peli de Peter Jackson está siendo víctima de las expectativas generadas, en primer lugar, por su predecesora, que se ha erigido como la auténtica referencia del cine épico, y en segundo lugar, por la grandilocuencia del proyecto, quizás demasiado mastodóntico en presupuesto, marketing y despliegue técnico, dado el carácter discreto de la pequeña gran obra que adapta. Sólo eso explica que se le dispensen calificativos como “fallida” o “aburrida” a una película que, a mi modesto entender, está muy por encima de la inmensa mayoría del cine de aventuras que nos ha llegado en los últimos años. Sí, carece del dramatismo épico y la contundencia de El Señor de los Anillos, pero mantiene su capacidad de fascinación y el mismo aroma a magia y amor por el material con el que se trabaja. Y eso, hoy día, es mucho. 8

Looper, el encanto de la ciencia ficción ‘low cost’

26 octubre, 2012

El cine de ciencia ficción es, por definición, uno de los más caros de producir, eso explica que en este género se enmarquen algunas de las películas más costosas de la industria y también muchos de sus batacazos más sonados, como por ejemplo, John Carter o (siendo especialmente perversos) Waterworld, la peli con más pérdidas de todos los tiempos.

Pero existe otra forma de abordar el género, menos espectacular pero más barata, menos glamurosa pero más sutil, que consiste en fiarlo todo a un buen guión, un buen reparto y un director astuto para lidiar con las restricciones económicas. Son películas que se desmarcan de la serie B no por su presupuesto, sino porque derrochan inteligencia y talento en cada fotograma. De hecho, se da la paradoja de que las mejores películas del género contaron con una inversión más bien ajustada (por usar el eufemismo) que obligó a sus responsables a aguzar el ingenio. Me estoy refiriendo a obras maestras como Blade RunnerStar Wars o Alien, el Octavo Pasajero, que contaron con presupuestos irrisorios incluso para la época (las dos últimas, inferiores a 11 millones de dólares), pero cuyos resultados artísticos están a años luz de la ciencia ficción más opulenta, como Prometheus (130 millones de dólares de presupuesto) o Avatar (237 millones).

Pues bien, es en esta rama de la SciFi “austera” donde se enmarca Looper, una película con una inversión a prueba de crisis pero que suple sus carencias en valores de producción con un argumento con pegada y un guión bien desarrollado. Sus resultados no son tan excelsos como las películas mencionadas más arriba, ni tan revolucionarios, por más que algunos insistan, como Matrix (otra película que parece mucho más cara de lo que realmente fue), pero es, sin duda, la mejor película de ciencia ficción que ha llegado a la cartelera desde aquella maravillosa obra de artesanía que fue Origen.

Para resumir su argumento, diremos que Looper se desarrolla en un futuro cercano en el que ha aparecido una nueva casta de asesinos: los ‘loopers’, sicarios que se encargan de acabar con las víctimas que les envían empaquetadas desde el futuro, listas para ser liquidadas sin el menor esfuerzo. Y es que en el futuro más al futuro de Looper se han descubierto los viajes en el tiempo, pero estos están terminantemente prohibidos por los consabidos problemas de continuidad que podrían provocar (como el Universo Marvel o DC pero en la realidad, ¡insufrible!); sin embargo, las mafias organizadas recurren a dichos viajes para hacer desaparecer a todos aquellos que los molestan, burlando así las medidas de “etiquetado personal” que hacen imposible deshacerse de un cadáver en el futuro.

Estos loopers, estos asesinos del presente a sueldo de las mafias del futuro, tienen una fecha de caducidad que les es revelada antes de su jubilación, y que ellos deben aceptar de buen grado. El problema surge cuando uno de estos sicarios (Bruce Willis) viaja en el tiempo para evitar los acontecimientos que arruinarán su vida y que, a la postre, supondrán su muerte.

Como veis, la trama es propicia para uno de esos guiones enrevesados plagados de flashbacks, saltos en el tiempo y paradojas espacio-temporales; sin embargo, uno de los mayores logros del director y guionista Rian Johnson es que el desarrollo de la historia resulte sencillo. Lo cierto es que la estructura del relato no es tan compleja como pudiera parecer, pero esto, lejos de ser un demérito, es un acierto de la película, que nos ofrece una trama no lineal perfectamente encajada y coherente. Sólo hay un par de cabos sueltos que los espectadores más quisquillosos podrán encontrar y que es imposible señalar aquí por temor a los dichosos espoilers.

Por ponerle alguna pega a Looper, podría mencionar que existe en el tercio final de la cinta cierta sensación de estancamiento, más acusada si cabe por el contraste con la hora anterior de metraje, consistente en una larga (y doble) huida hacia delante. Aun así no es algo que merme el resultado final, redondeado por las notables interpretaciones de un solvente Bruce Willis, de un Joseph Gordon-Levitt caracterizado (prótesis nasal incluida) como una versión más joven de “McClane”, de una estupendamente rubia James Blunt y del pequeño Pierce Gagnon, que llega a dar miedo de verdad en el desenlace de la historia.

En resumen, una buena película de ciencia ficción (algo que no abunda en la cartelera) rodada con inteligencia y criterio, con la capacidad de gustar tanto a aquellos que quieren un par de horas de entretenimiento con el cerebro desconectado,  como a los que buscan comerse un poco el coco cuando salen del cine. 7