El Hobbit: Peter Jackson nos devuelve a la Tierra Media

Agujero hobbit

En un agujero en el suelo, vivía un hobbit.

El Hobbit debe ser una de las películas con una acogida más dispar que recuerdo: en Metacritic se mueve entre el 58 de la crítica y el 84 del público, y algo similar ocurre en mi entorno inmediato: opiniones para todos los gustos en los blogs que frecuento o entre mis amigos cinéfilos, con calificativos que se mueven en el amplio espectro entre lo “apasionante” y lo “soporífero”. ¿Puede una misma obra provocar reacciones tan dispares? Parece ser que sí, pero seamos sinceros: a una gran mayoría del público El Hobbit le está gustando, lo dice la taquilla y lo dicen las puntuaciones en la principales webs que sirven de barómetro de los gustos de la audiencia (Filmaffinity, iMDB o la ya mencionada Metacritic).

¿Y qué opino yo? Pues un servidor opina que El Hobbit es cine de aventuras con MAYÚSCULAS, con un sentido del espectáculo perdido hace tiempo en Hollywood, y con una pasión artesanal por el detalle, algo que los realizadores han olvidado en su inmensa mayoría, deslumbrados por la pirotecnia de los efectos CGi. Y podría parecer que esto es incongruente hablando de una película tan repleta de efectos digitales como la que nos ocupa, pero no lo es: Peter Jackson sabe cuándo recurrir al ordenador y cuando fiarlo todo a las viejas artes del cine, a los paisajes a cielo abierto, al maquillaje y al decorado construido a mano. El Hobbit tiene textura, algo casi imposible de ver a día de hoy.

Los trolls ya hicieron su pétreo cameo en El Señor de los Anillos.

Los trolls ya hicieron su pétreo cameo en El Señor de los Anillos.

Pero vayamos por orden. ¿Qué ha provocado esta desafección de la crítica especializada hacia la cinta? Uno ha leído reseñas tan cruentas que, tras salir de la sala, le queda la sensación de que a Jackson se le esperaba con el cuchillo entre los dientes. La mayoría de ellas caen en el esnobismo habitual de la profesión, incapaz de disfrutar de una buena sesión de cine palomitero porque intentan imponer a estas películas los baremos del cine festivalero e intimista. Una pretensión ridícula que casi siempre viene de los mismos, aquellos que parecen estar de vuelta de todo y que sólo creen bueno lo que les gusta, despreciando los gustos del gran público por definición. Son los mismos que le pusieron un punto negro a Matrix o a la trilogía de El Señor de los Anillos (naff said).

Pero hay otra parte de la crítica, menos profesional y más blogueril quizás, que esperaban la nueva película de Jackson con genuino interés y que ha quedado irremediablemente desilusionada, a mi entender, por un desconocimiento del material original que se estaba adaptando. Aunque El Señor de los Anillos sea la secuela de El Hobbit, y aunque ambas compartan trasfondo y algunos de sus personajes, son novelas completamente diferentes en su concepción y estilo: El Hobbit es un cuento infantil o juvenil escrito para chavales de entre 9 y 12 años, mientras que la trilogía del anillo es un relato épico emparentado con las epopeyas clásicas: es La Ilíada del siglo XX, es el heredero bastardo de los mitos artúricos y germánicos, es la obra fundacional de todo un género, la Alta Fantasía.

La ambición y grandilocuencia con que está escrita El Señor de los Anillos está muy alejada del tono amable y bonachón de su predecesora, y eso se traslada perfectamente a su adaptación cinematográfica, lo que sólo puede ser considerado un demérito por aquellos que consideren que El Hobbit no era digna de ser adaptada como tal. Ver la película provoca unas sensaciones muy similares a las de leer la novela, incluido ese esquema característicos de los cuentos, con una constante concatenación de aventuras sin un momento de respiro, ese salir de las brasas para caer en el fuego. Por supuesto, el resultado es una película mucho más simple en tono y estructura, menor si la comparamos con El Señor de los Anillos, pero sobresaliente si la confrontamos a las últimas producciones de aventuras que nos venía ofreciendo la cartelera.

Martin Freeman, el mejor hobbit que hemos visto.

Martin Freeman, el mejor hobbit que hemos visto.

En última instancia, a Peter Jackson sólo se le puede achacar una extrema fidelidad a la obra de Tolkien. Rueda con la firme decisión de dejar atrás sólo aquello que es inevitable perder en el salto de un medio a otro, pero manteniéndose fiel al enfoque de los personajes, a la estructura del relato y al tono del mismo. Lo que nos lleva a otro de los aspectos más criticados: la decisión de rodar El Hobbit como una trilogía. A este respecto, se comete el error de coger la novela original al peso, compararla con El Señor de los Anillos, y concluir alegremente que ni de coña da para tres películas. Habría que decir que la narrativa empleada por Tolkien en cada obra es totalmente distinta, de manera que si El Hobbit estuviera novelada como ESDLA, daría perfectamente para dos libros de 600 páginas. Lo cierto es que en El Hobbit pasan muchas cosas, y si se pretende filmar la mayoría (que parece ser la idea de Jackson a juzgar por lo que se ve en esta primera entrega), sí resulta razonable su decisión de rodar tres películas. Los que no conozcan la obra original o no la recuerden bien, sólo tienen que echarle un vistazo al artículo de Wikipedia sobre la novela, y comprobarán que (ALERTA ESPOILER) entre secuestros, nigromantes que amenazan la Tierra Media, guaridas con tesoros, ataques de dragones, asambleas y traiciones, dos batallas épicas y numerosas localizaciones (FIN DE ESPOILER), queda una gran cantidad de metraje por delante.

En lo referente al tan comentado aspecto técnico, con los controvertidos 48 fps, sólo puedo concluir que todo tiene mucho más sentido cuando ves la película tal como la ideó el director. Entonces percibes con claridad la razón de ser de esos 48 fps, que es que el 3D se vea bien de una puñetera vez. Personalmente, he huido de las 3D como alma que lleva el diablo, no sólo porque lo considere un sacacuartos, sino porque empeora objetivamente la percepción visual de la proyección, de modo que sólo se ve con nitidez el plano en relieve mientras que el resto del fotograma queda borroso y oscurecido.

Sin embargo, la gente de Weta Digital ha conseguido que, por primera vez, esta técnica funcione como debería haberlo hecho desde un principio. Muy por encima de la deficiente tecnología 3D de Avatar, en El Hobbit todo lo que hay en la imagen se ve con una nitidez pasmosa, eliminando por completo ese filtro borroso que la estereoscopia provocaba. El ojo no se fatiga y, ciertamente, se logra una mayor inmersión en la imagen. El problema es que cuando la peli se ve sin 3D y a 24 fps, provoca un efecto apastelado en la imagen que da sensación de cartón piedra. Por todo ello, El Hobbit puede ser la primera película en la que el 3D suponga un valor añadido a la proyección, y no una merma (económica y visual) para el espectador.

Si no habéis leído la novela, no entenderéis qué hace Gandalf charlando con un oso.

Si no habéis leído la novela, no entenderéis qué hace Gandalf charlando con un oso.

A la vista de determinadas opiniones, uno sólo puede concluir que la nueva peli de Peter Jackson está siendo víctima de las expectativas generadas, en primer lugar, por su predecesora, que se ha erigido como la auténtica referencia del cine épico, y en segundo lugar, por la grandilocuencia del proyecto, quizás demasiado mastodóntico en presupuesto, marketing y despliegue técnico, dado el carácter discreto de la pequeña gran obra que adapta. Sólo eso explica que se le dispensen calificativos como “fallida” o “aburrida” a una película que, a mi modesto entender, está muy por encima de la inmensa mayoría del cine de aventuras que nos ha llegado en los últimos años. Sí, carece del dramatismo épico y la contundencia de El Señor de los Anillos, pero mantiene su capacidad de fascinación y el mismo aroma a magia y amor por el material con el que se trabaja. Y eso, hoy día, es mucho. 8

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